jueves, 30 de octubre de 2014

AIDAN

Me piden que hable de mi hijo Aidan y, claro, el caos se desata entre mis neuronas y no sé por donde comenzar.
A simple vista, Aidan es un niño inquieto y movido. No, no se lo crean. Aidan es un torbellino que arrasa allí por donde pasa como un ciclón sin más gobierno que el que dicta su instinto demasiado rebelde. Aidan te exaspera, pues por más indicaciones que le des, solo sabe seguir ese fuego interno que parece abrasarle por dentro y que le nubla su capacidad de raciocinio. Aidan no se cansa nunca y parece que sus infantiles fechorías que va acumulando a lo largo del día, lo retroalimentan con lo que un torrente de energía va generando más y más pequeños desastres que minan tu paciencia hasta lograr perder el norte y sumirte en una desesperación oscura y viscosa.

Eso es a simple vista, claro. O a la vista de quien como yo, su padre, me ha costado entender que lo que realmente es Aidan es un regalo del cielo, una bendición de los dioses que de algún modo han querido premiarme con un ser de luz, un ser especial, dulce, tierno y puro. Un ser que no está contaminado por los absurdos clichés que imponemos a nuestros peques con el fin último de estigmatizar a la sociedad con la marca de la mediocridad. Aidan desconoce la mentira, los convencionalismos y las posturas estándares. Es como un osezno salvaje que un día despierta a un mundo desconocido y está ávido por descubrirlo. Y ese entusiasmo le llena de una energía que solo sabe transformarla en amor. En un amor incondicional que está dispuesto a compartirlo con todo el mundo. Porque Aidan no hace trastadas, no pega, no desobedece de modo gratuito. Nos grita a los cuatro vientos que la vida, con toda la mierda que acarrea, es maravillosa. Que no la compliquemos tanto, que es mucho más sencillo que todo eso. Se trata de ser feliz. Y eso es lo que es mi hijo. Un portador de un mensaje que cuesta entender, que cualquiera lo tomaría por loco, o por NO NORMAL, cuando los locos somos nosotros...