Sábado por la mañana. Noviembre de 2001. Salgo de un oscuro tugurio y la luz del día, traicionera y fulminante, me derriba. Con el cerebro narcotizado, no consigo recordar dónde dejé el coche, ni tan siquiera si lo tengo. Me miro en el reflejo del escaparate de una cafetería repleta de trabajadores madrugadores y vampiros nocturnos que se refugian del sol. Veo a un tipo guapo, arrogante, triunfador. Soy capaz de cualquier cosa. Entro de nuevo en la cueva profunda de los sueños artificiales. Ojalá hubiera escuchado el comentario de la señora que pertrechada tras su carrito de la compra, me mira de arriba abajo con una mezcla de lástima y asco que denota mi verdadero estado. Looser. Qué desperdicio de muchacho. La oscuridad me devora. No soy capaz de encontrar el camino de vuelta.
Sábado por la mañana. Noviembre de 2014. Son las cinco y media de la mañana. Noche cerrada. Silencio sepulcral. Miro por la ventana y sonrío. Tengo tiempo de ver los dos últimos episodios de la serie "Fargo". Los hijos de puta lucen más en la pantalla que en la vida real. Apenas las ocho y mi pequeño Aidan aparece con sus ojos inmensos y su paso acelerado. Se despierta la vida. Se acaba la tranquilidad. No tarda mucho en aparecer Oliver. Es hermoso. Él todavía no lo sabe. Mejor. Mis dos hijos llenan mi saco de vitalidad. Hoy no podemos dar un paseo largo con "Lua". Aidan tiene partido y su microcosmos caótico no valora la organización. Ducha, tres sudaderas muy parecidas y rápido al coche. Antes de ir al pabellón, chequeo de juguetes en el Corte Inglés. ¿Se puede comparar con algo sus caras de felicidad ante tan majestuoso espectáculo? Verdaderamente no tiene precio. El partido. Casi lo olvidamos. Aidan, un folio blanco con renglones torcidos, abraza a sus amigos. Sigo flotando. Mi pequeño comienza a asumir las normas del juego. No sé si es motivo de alegría o de desesperanza. Oliver está casi tan alto como yo. Me encanta abrazarle. No tardará mucho en irse de casa. Tengo que aprovechar cada instante como si fuera el último.
Tanto tiempo buscando la felicidad por caminos retorcidos y exóticos, y la vengo a encontrar en dos pequeños diablillos. Cosas de la vida...
domingo, 23 de noviembre de 2014
martes, 11 de noviembre de 2014
SERAFINA, LA CIGARRERA DEL TUBO
Serafina, la cigarrera del Tubo ha muerto y con ella uno de los últimos símbolos de una ciudad a la que están matando a golpe de normativas y decretos. Para los que no hayan tenido la suerte de haberla conocido, les contaré que Serafina vendía tabaco en su puesto del Tubo zaragozano desde hacía 65 años dando color y sabor a un paisaje compuesto por tabernas y bodegas, cabareteras, limpiabotas, cigarreros, loteros, trileros, gitanos señoritos y payos villanos. Un paisaje que confería a Zaragoza un marchamo diferente, una señal de identidad que atraía a viajeros (Zaragoza ha sido y sigue siendo más ciudad de viajeros y viajantes que de turistas) de todo pelaje y condición haciendo de este pequeño rincón zaragozano su punto más canalla y bullicioso.
La primera vez que me topé con Serafina yo tendría cuatro o cinco años y mi padre solía ir los Domingos a Casa Lac a comprar ensaladilla rusa y agujas de ternera siendo de obligada parada el puestecillo de Serafina donde hacía acopio del consabido paquete de Rex. Recuerdo su ya por entonces rostro cuarteado por las inclemencias del tiempo y de la vida, su aspecto de bruja mala de cuento y su eterna colilla en los labios. Yo me escondía timorato tras la americana de mi papi mientras éste guardaba su tesoro en la mariconera.
Volví a cruzarme en mi niñez y juventud varias veces con Serafina, siempre impertérrita en su garita, poco amiga de sonrisas con los labios a punto de salir abrasados por la apurada colilla... Entonces el Tubo era una válvula de escape de una ciudad gris incrustada en su propia mediocridad, el callejón trasero de una orbe mojigata y aletargada en costumbres ancestrales donde el pecado sólo asomaba en tugurios prohibidos frecuentados por las fuerzas vivas y perderse por sus callejuelas estrechas y bulliciosas era trasladarse a un provinciano Las Vegas.
Le gustaba a mi tío Juan Carlos acercarse los sábados de buena mañana a darse lustre a los zapatos en cualquiera de los salones de limpiabotas que por entonces surcaban el Tubo siendo éstos y los barberos los voceros oficiales de la vida zaragozana. Todavía recuerdo con regocijo el hilarante diálogo mantenido entre Angel, el limpia y un cliente habitual en el que discutían acerca de si el caracol era carne o pescado, y mi tío, recién salido de la prestigiosa Universidad de Burgos, al ser requerido por una respuesta soltó aquello de gasterópodo cayendo la rimbombante palabra como una bomba en medio del salón y del incómodo silencio se pasó al "ya te dije Jacinto que pescado no era, coño".
Del vinito en el Dalmaú, a la estilográfica en Martínez. De las ancas de rana en el Texas al cocido del Gastrónomo. Conseguir el último modelo de zapatillas Paredes en Calzados Franco, perder 100 pesetas con el trilero de turno y no te pongas tonto que te fostio, atosigar al batería de la orquesta del Plata, comprarle un décimo de la suerte, perra suerte, al revendedor del Rosario o tomarse unos calamares y cañita con limón en Los Amigos. De todo eso ha sido testigo Serafina al igual que un buen número de zaragozanos para los que el Tubo es como ese tío entrañable que nos cuenta viejas historietas sobadas en la comida de Navidad pero de las que nunca nos cansamos y hoy todo eso ya no existe más que en la memoria de unos cuantos que nos agarramos a la nostalgia para no vernos ahogados en el pozo de la globalización porque ahora, cuando visito el Tubo con mi mujer le cuento y no paro una y mil historias paridas entre estas cuatro callejuelas y ella apenas puede creerlas porque lo que ve ahora no difiere mucho de lo que vemos en cualquier otra zona vieja de capital de provincia donde las franquicias de Gambrinus, Montaditos, Starbucks y demás tascas prêt à porter han deborado a los Patxi, Limpia o el Alegría, y además ahora nos quedamos sin Serafina...
Descanse en paz Serafina y el Tubo y a ver si nos dejan descansar en paz a los que una vez no quisimos parar, a los culos de mal asiento que buscaban refugio en tugurios de mala muerte donde fumar no era pecado y beber una deliciosa obligación.
CAMINAR
Hay días en que uno, sin saber por qué, sale a caminar sin rumbo fijo. La cabeza bulle de ideas, de recuerdos, de reproches, de lamentos. Caminas a un ritmo vivo cuando descargas tu ira contra algo o contra alguien, maldiciendo el momento en el que se apareció frente a ti. Luego, apenas sin darte cuenta, la cadencia de los pasos disminuye. Tus ojos ya no se mantienen firmes frente al suelo. Alzas la cabeza y contemplas el cielo azul. Las bocanadas de aire son más profundas. Tu cuerpo se relaja aunque tus piernas no se detienen jamás. Es la necesidad que tengo de avanzar, aunque sea sin rumbo fijo. Entonces tu cabeza se puebla de recuerdos, casi todos ellos gratos. Alguno te lleva a tu niñez, y sin apenas darte cuenta, una lágrima rueda por tu mejilla. Pero eso no hace que me detenga. Ahora los pasos recuperan el ritmo perdido. Una llamada que no quieres responder. El móvil en la mano y tú deseando que deje de zumbar. Miro la aplicación infernal que va midiendo la distancia recorrida con milimétrica precisión envuelta en un siniestro silencio. Ocho kilómetros y seiscientos cuarenta metros. No quiero parar. Las nubes se acercan por el horizonte pero de momento disfruto de un sol tibio que oculta el frío reinante. No me preocupo por la meta ni por avituallamiento. Solo quiero avanzar tanto como mis piernas sean capaces. Entonces sueño despierto con el mar. Lo veo a lo lejos pero me acerco. Quizás al final de la cala un barco me espere y me lleve donde pueda olvidar sin dolor. Pero hay cosas que no quiero olvidar. Eso hace que me quede en tierra. Otra vez será.Los pies comienzan a quejarse. Al principio son unas ampollas. Claro, el calzado no es el más adecuado. ¿Quién se fija ahora en esas nimiedades? Mi cerebro no acepta la orden de detenerse y las piernas, más firmes que nunca, avanzan implacables pese al quejido lastimero de los pies. Otra llamada inoportuna. Esta vez la atiendo. Pueden ser buenas noticias. Otra vez caí en la trampa. No hay buenas noticias. Solo esperanzas vanas que cada vez producen más vacío. Vuelta a la aplicación medidora. Dieciocho kilómetros y pico. ¿Quién quiere pararse? El sol hace tiempo que dejó de calentar pero no siento el frío. Mis músculos están en plena actividad y demandan más movimiento.
La noche ha llegado. Fin del recorrido. Una vez más, no había meta al final. Una vez más me encuentro en el punto de partida. Mañana quizás vuelva a buscar mi ansiado final.
domingo, 9 de noviembre de 2014
GASOLINERA SOLEDAD
Debido a mi actividad profesional, soy uno de esos habituales de las carreteras nacionales, y como es natural, un asiduo de sus gasolineras, ese microcosmos por el cual me he sentido atraído desde que era un niño. Y desde entonces han cambiado mucho. Recuerdo todavía a los antiguos empleados con su gorro de plato y su mariconera en la cintura donde guardaban los billetes que iban acumulando a lo largo del día, sin miedo a ser asaltado por alguna horda de albanokosovares, ya que ni sabían que existiera semejante palabra. En la mayoría de ellas tan solo podías comprar combustible y en las más modernas, podías hacerte con algún paquete de cigarrillos o una bolsa de caramelos mentolados. Los más espabilados trataban de hacer su agosto vendiéndote un saco de naranjas o dulces propios de la tierra, con el fin de engordar las exiguas cuentas de resultados que proporcionaban los escasos vehículos que transitaban por esas carreteras de Dios.
Junto a esas gasolineras, comenzaron a instalarse restaurantes, fondas y tugurios dispuestos a dar de comer y cobijo a esos viajeros anónimos que poblaron nuestra geografía de vidas solitarias y sufridas, ansiosas de un buen plato caliente, un rato de conversación y algún que otro polvo malogrado entre sábanas raídas por la soledad. La figura del viajante ha sido una constante en una sociedad acostumbrada a buscarse la vida con pocos medios, algo de ambición y mucho de miseria pisándole los talones. Héroes anónimos que con su Seat 1430 cruzaban el país en busca de los cuartos que tanta falta hacían en una casa acostumbrada a las ausencias.
Y al otro lado de la barra surge otra especie como contrapunto a esa manada de vendedores. Los trabajadores de esos establecimientos que con los años se convierten en hogares de los despechados, de los parias de las carreteras. Camareros, cocineros, limpiadoras, cajeros. Hombros donde buscar consuelo y descanso que a horas inoportunas dan lo que van demandando. Rostros amables con el sombrío matiz de la rutina que fingen frescura entre las arrugas de la desesperación.
Un cortado y un pincho de tortilla. ¿Los servicios, por favor? Llevo tres días sin afeitarme. La leche caliente. ¿Me das cambio para la cabina? Tengo que llamar a Luisito, mi niño. Es su cumpleaños. ¿Quieres ver una foto suya? Es muy guapo. Igualito a su madre. ¿Cuándo sales? Se me está haciendo muy tarde para llegar a Peñalba y estaba pensando quedarme a dormir. Si quieres luego te invito a un cubalibre... Y los ojos cansados y carentes de vida de Lucía no dejan de mirar a ese perdedor, que como ella solo suplica un par de horas de compañía. Pero no tiene fuerzas. Ni ganas.
Historias de ida y vuelta que solo cobran sentido en esos bares de carretera donde la desesperación huele a rancio, donde las existencias han olvidado algún motivo para seguir vivas mientras un amanecer sucederá a un atardecer, y un viajero traerá otro, con distintas historias y con la misma vida.
PUÑOS ROTOS
Mi primer héroe deportivo no fue Angel Nieto, ni Severiano Ballesteros, ni tan siquiera Manolo Orantes, algunos de los escasos deportistas españoles que en los años 70 se asomaban al panorama internacional. Mi primer ídolo deportivo fue Perico Fernández. Tenía yo seis años por aquel entonces pero el nombre del boxeador maño ya barruntaba por mi cabeza,fruto de sus dos títulos europeos y su flamante título mundial logrado en Roma en 1974 frente al japonés Furuyama. Eran años de herrumbrosa incertidumbre, de melenas masculinas y mujeres fumadoras. De progreso lastrado por la caspa acumulada en cuarenta años de hacinamiento intelectual. Años de búsqueda de un rumbo perdido sin capitán a bordo. Años de estrecheces. La figura de Perico Fernández venía a llenar el cubo de esperanza de miles de españoles provenientes de la escasez y la ignorancia, y Perico Fernández era eso: escasez e ignorancia. Solo que soltaba unas hostias como panes. De sus puños manaba rabia. Rabia contra las coces que la vida le daba una y otra vez, sin compasión alguna.El primer combate que recuerdo de Perico fue el de la derrota en su defensa del título mundial frente a Muangsurin, un tailandés fibroso y rápido como su puta madre que supo bailar al campeón de los desvalidos y noquearle con un primoroso golpe de suerte. Vi el combate en Benidorm, en el restaurante Los Manolos, en compañía de mis padres y de mi hermano Víctor, que con sus tiernos tres años se mostraba ajeno a la algarabía que se vivía en aquellos tiempos tan rancios, donde la imagen iracunda de un zagal enjuto y tartamudo dando mamporros a diestro y siniestro, lograba un efecto catalizador en una sociedad angustiada.
Y en aquel fatídico séptimo asalto, esa ilusión contenida, esa furia contra lo establecido, se desvaneció. Y recuerdo que yo lloraba y mi padre reía ante mi infantil reacción. Quizás ese fue uno de los pocos recuerdos agradables que tengo de él. Quizás me cogió el mentón con su mano poderosa, secó mis lágrimas y me dio un beso. Quizás es lo que mi mente quisiera recordar. Quizás.
El resto de la historia es la historia de tantos y tantos púgiles convertidos en muñecos rotos por la fuerza del egoísmo humano que no conoce compasión alguna. Sueños desvanecidos a golpes crueles que son tan difíciles de esquivar.
Hoy Perico, con 62 años que le pesan como mil, malvive de la caridad que le ofrecen quien como yo todavía lo recuerda como ese campeón vivaracho y lenguaraz que no se detenía ante nada, con esa frescura que da la ignorancia bruta, más peligrosa que sus puños.
Pese a tener el cerebro como un queso gruyere por los golpes recibidos a uno y otro lado de la lona, Perico disfruta de la pintura, lo único que consigue alejarle del pozo en el que malvive. Curiosa paradoja la de alguien que inventa realidades para alejarse de la suya.
Y entre cuartuchos infectos de puticlubs de tercera y coches desvencijados que le dan cobijo en las frías noches zaragozanas, Perico saca pecho cuando algún aficionado agradecido le grita: Perico, campeón...
martes, 4 de noviembre de 2014
FRÍO
Añoro el frío. Dice mi aplicación de Yahoo Weather, que a partir del próximo fin de semana llegará el invierno y eso me sana las heridas. A veces sueño con ser un habitante de Fargo, ese pueblo imaginario creado por las mentes calenturientas de los hermanos Cohen donde el páramo seco y nevado, huele a muerte por debajo. O un miembro de la comunidad de Sicily, en Alaska donde el doctor Joel Fleischman curaba catarros y maceraba su espíritu entre tanta gente rebotada del mundo habitual.

Ayer fue el primer día otoñal del año. Nubes, rachas de viento, un par de chaparrones de esos que te calan para luego sofocar el cuerpo. Un día de los que me gustan. Gris y plomizo. Si además le añadimos que por la mañana salí a correr y volví a las marcas a las que estaba habituado no hace tanto, podemos decir que no fue malo el día del todo.
Afortunadamente tengo la costumbre de salir a correr a las 6.30 de la mañana, con lo que ahora que disfruto todo el recorrido prácticamente en penumbras, no me cruzo más que con algún vejete que se siente rechazado hasta en su propia casa, y disfruto de esa soledad que tanto añoro. Lo digo porque ahora correr está de moda, y raro es el momento del día en el que no me cruzo con hordas de advenedizos enfundados en mallas de lycra corriendo como alma que lleva el diablo. Juro por mis zapatillas Asics que yo llevo siguiendo esta moda tan cool la friolera de veintiséis años sin haber dejado uno solo de ellos de correr al menos 500 kilómetros. ¿Y a quién le importan las modas? A aquellos que no tienen una base definida. Por eso adoro los dandys. Porque no entienden de tendencias ni de in o out. Son ellos mismos, sin importarles lo que piensen los demás. Y eso les da confianza y seguridad. Porque un dandy tiene que estar muy seguro de sí mismo. Si no corre el riesgo de parecer un payaso.
Las cosas que tiene el madrugar en exceso. La sangre tarda un poco en regar el cerebro y comienzas escribiendo del tiempo y acabas hablando de estilismo. No hay que darle mucha importancia. El chico es así.
Y volviendo a mi sana afición del running. Mira que me da por pensar en cuántos kilómetros llevaré acumulados durante toda mi vida. Contando que los primeros diez años no fallé prácticamente ninguno de los cinco días preceptivos a la semana, y contando que por aquel entonces corría unos siete kilómetros por jornada, eso da la friolera de unos 1750 kilómetros anuales, y aunque sea de letras me da para saber que en diez años me zampé 17500 kilómetros. Los siguientes quince años aumenté mi cadencia hasta los nueve kilómetros diarios pues leí en alguna parte que para que un esfuerzo prolongado y anaeróbico surtiera efecto en el organismo, debía durar al menos 45 minutos. Dicho y hecho con el aumento de distancia. Eso sí, la pereza hizo mella en mí y en estos años habré corrido una media de cien días al año. La cuenta es fácil, dijo la calculadora del móvil. Otros 13500 kilómetros que añadir a la mochila. Sí, en mi vida habré recorrido hasta hoy algo más de treinta mil kilómetros, lo que dicho así acojona bastante. Es como dar dos veces y media la vuelta a nuestro planeta. Pero luego no es tanto. Se lo aseguro.

Ayer fue el primer día otoñal del año. Nubes, rachas de viento, un par de chaparrones de esos que te calan para luego sofocar el cuerpo. Un día de los que me gustan. Gris y plomizo. Si además le añadimos que por la mañana salí a correr y volví a las marcas a las que estaba habituado no hace tanto, podemos decir que no fue malo el día del todo.
Afortunadamente tengo la costumbre de salir a correr a las 6.30 de la mañana, con lo que ahora que disfruto todo el recorrido prácticamente en penumbras, no me cruzo más que con algún vejete que se siente rechazado hasta en su propia casa, y disfruto de esa soledad que tanto añoro. Lo digo porque ahora correr está de moda, y raro es el momento del día en el que no me cruzo con hordas de advenedizos enfundados en mallas de lycra corriendo como alma que lleva el diablo. Juro por mis zapatillas Asics que yo llevo siguiendo esta moda tan cool la friolera de veintiséis años sin haber dejado uno solo de ellos de correr al menos 500 kilómetros. ¿Y a quién le importan las modas? A aquellos que no tienen una base definida. Por eso adoro los dandys. Porque no entienden de tendencias ni de in o out. Son ellos mismos, sin importarles lo que piensen los demás. Y eso les da confianza y seguridad. Porque un dandy tiene que estar muy seguro de sí mismo. Si no corre el riesgo de parecer un payaso.
Las cosas que tiene el madrugar en exceso. La sangre tarda un poco en regar el cerebro y comienzas escribiendo del tiempo y acabas hablando de estilismo. No hay que darle mucha importancia. El chico es así.
Y volviendo a mi sana afición del running. Mira que me da por pensar en cuántos kilómetros llevaré acumulados durante toda mi vida. Contando que los primeros diez años no fallé prácticamente ninguno de los cinco días preceptivos a la semana, y contando que por aquel entonces corría unos siete kilómetros por jornada, eso da la friolera de unos 1750 kilómetros anuales, y aunque sea de letras me da para saber que en diez años me zampé 17500 kilómetros. Los siguientes quince años aumenté mi cadencia hasta los nueve kilómetros diarios pues leí en alguna parte que para que un esfuerzo prolongado y anaeróbico surtiera efecto en el organismo, debía durar al menos 45 minutos. Dicho y hecho con el aumento de distancia. Eso sí, la pereza hizo mella en mí y en estos años habré corrido una media de cien días al año. La cuenta es fácil, dijo la calculadora del móvil. Otros 13500 kilómetros que añadir a la mochila. Sí, en mi vida habré recorrido hasta hoy algo más de treinta mil kilómetros, lo que dicho así acojona bastante. Es como dar dos veces y media la vuelta a nuestro planeta. Pero luego no es tanto. Se lo aseguro.
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