martes, 11 de noviembre de 2014

CAMINAR

Hay días en que uno, sin saber por qué, sale a caminar sin rumbo fijo. La cabeza bulle de ideas, de recuerdos, de reproches, de lamentos. Caminas a un ritmo vivo cuando descargas tu ira contra algo o contra alguien, maldiciendo el momento en el que se apareció frente a ti. Luego, apenas sin darte cuenta, la cadencia de los pasos disminuye. Tus ojos ya no se mantienen firmes frente al suelo. Alzas la cabeza y contemplas el cielo azul. Las bocanadas de aire son más profundas. Tu cuerpo se relaja aunque tus piernas no se detienen jamás. Es la necesidad que tengo de avanzar, aunque sea sin rumbo fijo. Entonces tu cabeza se puebla de recuerdos, casi todos ellos gratos. Alguno te lleva a tu niñez, y sin apenas darte cuenta, una lágrima rueda por tu mejilla. Pero eso no hace que me detenga. Ahora los pasos recuperan el ritmo perdido. Una llamada que no quieres responder. El móvil en la mano y tú deseando que deje de zumbar. Miro la aplicación infernal que va midiendo la distancia recorrida con milimétrica precisión envuelta en un siniestro silencio. Ocho kilómetros y seiscientos cuarenta metros. No quiero parar. Las nubes se acercan por el horizonte pero de momento disfruto de un sol tibio que oculta el frío reinante. No me preocupo por la meta ni por avituallamiento. Solo quiero avanzar tanto como mis piernas sean capaces. Entonces sueño despierto con el mar. Lo veo a lo lejos pero me acerco. Quizás al final de la cala un barco me espere y me lleve donde pueda olvidar sin dolor. Pero hay cosas que no quiero olvidar. Eso hace que me quede en tierra. Otra vez será.

Los pies comienzan a quejarse. Al principio son unas ampollas. Claro, el calzado no es el más adecuado. ¿Quién se fija ahora en esas nimiedades? Mi cerebro no acepta la orden de detenerse y las piernas, más firmes que nunca, avanzan implacables pese al quejido lastimero de los pies. Otra llamada inoportuna. Esta vez la atiendo. Pueden ser buenas noticias. Otra vez caí en la trampa. No hay buenas noticias. Solo esperanzas vanas que cada vez producen más vacío. Vuelta a la aplicación medidora. Dieciocho kilómetros y pico. ¿Quién quiere pararse? El sol hace tiempo que dejó de calentar pero no siento el frío. Mis músculos están en plena actividad y demandan más movimiento.

La noche ha llegado. Fin del recorrido. Una vez más, no había meta al final. Una vez más me encuentro en el punto de partida. Mañana quizás vuelva a buscar mi ansiado final.

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