Sábado por la mañana. Noviembre de 2001. Salgo de un oscuro tugurio y la luz del día, traicionera y fulminante, me derriba. Con el cerebro narcotizado, no consigo recordar dónde dejé el coche, ni tan siquiera si lo tengo. Me miro en el reflejo del escaparate de una cafetería repleta de trabajadores madrugadores y vampiros nocturnos que se refugian del sol. Veo a un tipo guapo, arrogante, triunfador. Soy capaz de cualquier cosa. Entro de nuevo en la cueva profunda de los sueños artificiales. Ojalá hubiera escuchado el comentario de la señora que pertrechada tras su carrito de la compra, me mira de arriba abajo con una mezcla de lástima y asco que denota mi verdadero estado. Looser. Qué desperdicio de muchacho. La oscuridad me devora. No soy capaz de encontrar el camino de vuelta.
Sábado por la mañana. Noviembre de 2014. Son las cinco y media de la mañana. Noche cerrada. Silencio sepulcral. Miro por la ventana y sonrío. Tengo tiempo de ver los dos últimos episodios de la serie "Fargo". Los hijos de puta lucen más en la pantalla que en la vida real. Apenas las ocho y mi pequeño Aidan aparece con sus ojos inmensos y su paso acelerado. Se despierta la vida. Se acaba la tranquilidad. No tarda mucho en aparecer Oliver. Es hermoso. Él todavía no lo sabe. Mejor. Mis dos hijos llenan mi saco de vitalidad. Hoy no podemos dar un paseo largo con "Lua". Aidan tiene partido y su microcosmos caótico no valora la organización. Ducha, tres sudaderas muy parecidas y rápido al coche. Antes de ir al pabellón, chequeo de juguetes en el Corte Inglés. ¿Se puede comparar con algo sus caras de felicidad ante tan majestuoso espectáculo? Verdaderamente no tiene precio. El partido. Casi lo olvidamos. Aidan, un folio blanco con renglones torcidos, abraza a sus amigos. Sigo flotando. Mi pequeño comienza a asumir las normas del juego. No sé si es motivo de alegría o de desesperanza. Oliver está casi tan alto como yo. Me encanta abrazarle. No tardará mucho en irse de casa. Tengo que aprovechar cada instante como si fuera el último.
Tanto tiempo buscando la felicidad por caminos retorcidos y exóticos, y la vengo a encontrar en dos pequeños diablillos. Cosas de la vida...
domingo, 23 de noviembre de 2014
martes, 11 de noviembre de 2014
SERAFINA, LA CIGARRERA DEL TUBO
Serafina, la cigarrera del Tubo ha muerto y con ella uno de los últimos símbolos de una ciudad a la que están matando a golpe de normativas y decretos. Para los que no hayan tenido la suerte de haberla conocido, les contaré que Serafina vendía tabaco en su puesto del Tubo zaragozano desde hacía 65 años dando color y sabor a un paisaje compuesto por tabernas y bodegas, cabareteras, limpiabotas, cigarreros, loteros, trileros, gitanos señoritos y payos villanos. Un paisaje que confería a Zaragoza un marchamo diferente, una señal de identidad que atraía a viajeros (Zaragoza ha sido y sigue siendo más ciudad de viajeros y viajantes que de turistas) de todo pelaje y condición haciendo de este pequeño rincón zaragozano su punto más canalla y bullicioso.
La primera vez que me topé con Serafina yo tendría cuatro o cinco años y mi padre solía ir los Domingos a Casa Lac a comprar ensaladilla rusa y agujas de ternera siendo de obligada parada el puestecillo de Serafina donde hacía acopio del consabido paquete de Rex. Recuerdo su ya por entonces rostro cuarteado por las inclemencias del tiempo y de la vida, su aspecto de bruja mala de cuento y su eterna colilla en los labios. Yo me escondía timorato tras la americana de mi papi mientras éste guardaba su tesoro en la mariconera.
Volví a cruzarme en mi niñez y juventud varias veces con Serafina, siempre impertérrita en su garita, poco amiga de sonrisas con los labios a punto de salir abrasados por la apurada colilla... Entonces el Tubo era una válvula de escape de una ciudad gris incrustada en su propia mediocridad, el callejón trasero de una orbe mojigata y aletargada en costumbres ancestrales donde el pecado sólo asomaba en tugurios prohibidos frecuentados por las fuerzas vivas y perderse por sus callejuelas estrechas y bulliciosas era trasladarse a un provinciano Las Vegas.
Le gustaba a mi tío Juan Carlos acercarse los sábados de buena mañana a darse lustre a los zapatos en cualquiera de los salones de limpiabotas que por entonces surcaban el Tubo siendo éstos y los barberos los voceros oficiales de la vida zaragozana. Todavía recuerdo con regocijo el hilarante diálogo mantenido entre Angel, el limpia y un cliente habitual en el que discutían acerca de si el caracol era carne o pescado, y mi tío, recién salido de la prestigiosa Universidad de Burgos, al ser requerido por una respuesta soltó aquello de gasterópodo cayendo la rimbombante palabra como una bomba en medio del salón y del incómodo silencio se pasó al "ya te dije Jacinto que pescado no era, coño".
Del vinito en el Dalmaú, a la estilográfica en Martínez. De las ancas de rana en el Texas al cocido del Gastrónomo. Conseguir el último modelo de zapatillas Paredes en Calzados Franco, perder 100 pesetas con el trilero de turno y no te pongas tonto que te fostio, atosigar al batería de la orquesta del Plata, comprarle un décimo de la suerte, perra suerte, al revendedor del Rosario o tomarse unos calamares y cañita con limón en Los Amigos. De todo eso ha sido testigo Serafina al igual que un buen número de zaragozanos para los que el Tubo es como ese tío entrañable que nos cuenta viejas historietas sobadas en la comida de Navidad pero de las que nunca nos cansamos y hoy todo eso ya no existe más que en la memoria de unos cuantos que nos agarramos a la nostalgia para no vernos ahogados en el pozo de la globalización porque ahora, cuando visito el Tubo con mi mujer le cuento y no paro una y mil historias paridas entre estas cuatro callejuelas y ella apenas puede creerlas porque lo que ve ahora no difiere mucho de lo que vemos en cualquier otra zona vieja de capital de provincia donde las franquicias de Gambrinus, Montaditos, Starbucks y demás tascas prêt à porter han deborado a los Patxi, Limpia o el Alegría, y además ahora nos quedamos sin Serafina...
Descanse en paz Serafina y el Tubo y a ver si nos dejan descansar en paz a los que una vez no quisimos parar, a los culos de mal asiento que buscaban refugio en tugurios de mala muerte donde fumar no era pecado y beber una deliciosa obligación.
CAMINAR
Hay días en que uno, sin saber por qué, sale a caminar sin rumbo fijo. La cabeza bulle de ideas, de recuerdos, de reproches, de lamentos. Caminas a un ritmo vivo cuando descargas tu ira contra algo o contra alguien, maldiciendo el momento en el que se apareció frente a ti. Luego, apenas sin darte cuenta, la cadencia de los pasos disminuye. Tus ojos ya no se mantienen firmes frente al suelo. Alzas la cabeza y contemplas el cielo azul. Las bocanadas de aire son más profundas. Tu cuerpo se relaja aunque tus piernas no se detienen jamás. Es la necesidad que tengo de avanzar, aunque sea sin rumbo fijo. Entonces tu cabeza se puebla de recuerdos, casi todos ellos gratos. Alguno te lleva a tu niñez, y sin apenas darte cuenta, una lágrima rueda por tu mejilla. Pero eso no hace que me detenga. Ahora los pasos recuperan el ritmo perdido. Una llamada que no quieres responder. El móvil en la mano y tú deseando que deje de zumbar. Miro la aplicación infernal que va midiendo la distancia recorrida con milimétrica precisión envuelta en un siniestro silencio. Ocho kilómetros y seiscientos cuarenta metros. No quiero parar. Las nubes se acercan por el horizonte pero de momento disfruto de un sol tibio que oculta el frío reinante. No me preocupo por la meta ni por avituallamiento. Solo quiero avanzar tanto como mis piernas sean capaces. Entonces sueño despierto con el mar. Lo veo a lo lejos pero me acerco. Quizás al final de la cala un barco me espere y me lleve donde pueda olvidar sin dolor. Pero hay cosas que no quiero olvidar. Eso hace que me quede en tierra. Otra vez será.Los pies comienzan a quejarse. Al principio son unas ampollas. Claro, el calzado no es el más adecuado. ¿Quién se fija ahora en esas nimiedades? Mi cerebro no acepta la orden de detenerse y las piernas, más firmes que nunca, avanzan implacables pese al quejido lastimero de los pies. Otra llamada inoportuna. Esta vez la atiendo. Pueden ser buenas noticias. Otra vez caí en la trampa. No hay buenas noticias. Solo esperanzas vanas que cada vez producen más vacío. Vuelta a la aplicación medidora. Dieciocho kilómetros y pico. ¿Quién quiere pararse? El sol hace tiempo que dejó de calentar pero no siento el frío. Mis músculos están en plena actividad y demandan más movimiento.
La noche ha llegado. Fin del recorrido. Una vez más, no había meta al final. Una vez más me encuentro en el punto de partida. Mañana quizás vuelva a buscar mi ansiado final.
domingo, 9 de noviembre de 2014
GASOLINERA SOLEDAD
Debido a mi actividad profesional, soy uno de esos habituales de las carreteras nacionales, y como es natural, un asiduo de sus gasolineras, ese microcosmos por el cual me he sentido atraído desde que era un niño. Y desde entonces han cambiado mucho. Recuerdo todavía a los antiguos empleados con su gorro de plato y su mariconera en la cintura donde guardaban los billetes que iban acumulando a lo largo del día, sin miedo a ser asaltado por alguna horda de albanokosovares, ya que ni sabían que existiera semejante palabra. En la mayoría de ellas tan solo podías comprar combustible y en las más modernas, podías hacerte con algún paquete de cigarrillos o una bolsa de caramelos mentolados. Los más espabilados trataban de hacer su agosto vendiéndote un saco de naranjas o dulces propios de la tierra, con el fin de engordar las exiguas cuentas de resultados que proporcionaban los escasos vehículos que transitaban por esas carreteras de Dios.
Junto a esas gasolineras, comenzaron a instalarse restaurantes, fondas y tugurios dispuestos a dar de comer y cobijo a esos viajeros anónimos que poblaron nuestra geografía de vidas solitarias y sufridas, ansiosas de un buen plato caliente, un rato de conversación y algún que otro polvo malogrado entre sábanas raídas por la soledad. La figura del viajante ha sido una constante en una sociedad acostumbrada a buscarse la vida con pocos medios, algo de ambición y mucho de miseria pisándole los talones. Héroes anónimos que con su Seat 1430 cruzaban el país en busca de los cuartos que tanta falta hacían en una casa acostumbrada a las ausencias.
Y al otro lado de la barra surge otra especie como contrapunto a esa manada de vendedores. Los trabajadores de esos establecimientos que con los años se convierten en hogares de los despechados, de los parias de las carreteras. Camareros, cocineros, limpiadoras, cajeros. Hombros donde buscar consuelo y descanso que a horas inoportunas dan lo que van demandando. Rostros amables con el sombrío matiz de la rutina que fingen frescura entre las arrugas de la desesperación.
Un cortado y un pincho de tortilla. ¿Los servicios, por favor? Llevo tres días sin afeitarme. La leche caliente. ¿Me das cambio para la cabina? Tengo que llamar a Luisito, mi niño. Es su cumpleaños. ¿Quieres ver una foto suya? Es muy guapo. Igualito a su madre. ¿Cuándo sales? Se me está haciendo muy tarde para llegar a Peñalba y estaba pensando quedarme a dormir. Si quieres luego te invito a un cubalibre... Y los ojos cansados y carentes de vida de Lucía no dejan de mirar a ese perdedor, que como ella solo suplica un par de horas de compañía. Pero no tiene fuerzas. Ni ganas.
Historias de ida y vuelta que solo cobran sentido en esos bares de carretera donde la desesperación huele a rancio, donde las existencias han olvidado algún motivo para seguir vivas mientras un amanecer sucederá a un atardecer, y un viajero traerá otro, con distintas historias y con la misma vida.
PUÑOS ROTOS
Mi primer héroe deportivo no fue Angel Nieto, ni Severiano Ballesteros, ni tan siquiera Manolo Orantes, algunos de los escasos deportistas españoles que en los años 70 se asomaban al panorama internacional. Mi primer ídolo deportivo fue Perico Fernández. Tenía yo seis años por aquel entonces pero el nombre del boxeador maño ya barruntaba por mi cabeza,fruto de sus dos títulos europeos y su flamante título mundial logrado en Roma en 1974 frente al japonés Furuyama. Eran años de herrumbrosa incertidumbre, de melenas masculinas y mujeres fumadoras. De progreso lastrado por la caspa acumulada en cuarenta años de hacinamiento intelectual. Años de búsqueda de un rumbo perdido sin capitán a bordo. Años de estrecheces. La figura de Perico Fernández venía a llenar el cubo de esperanza de miles de españoles provenientes de la escasez y la ignorancia, y Perico Fernández era eso: escasez e ignorancia. Solo que soltaba unas hostias como panes. De sus puños manaba rabia. Rabia contra las coces que la vida le daba una y otra vez, sin compasión alguna.El primer combate que recuerdo de Perico fue el de la derrota en su defensa del título mundial frente a Muangsurin, un tailandés fibroso y rápido como su puta madre que supo bailar al campeón de los desvalidos y noquearle con un primoroso golpe de suerte. Vi el combate en Benidorm, en el restaurante Los Manolos, en compañía de mis padres y de mi hermano Víctor, que con sus tiernos tres años se mostraba ajeno a la algarabía que se vivía en aquellos tiempos tan rancios, donde la imagen iracunda de un zagal enjuto y tartamudo dando mamporros a diestro y siniestro, lograba un efecto catalizador en una sociedad angustiada.
Y en aquel fatídico séptimo asalto, esa ilusión contenida, esa furia contra lo establecido, se desvaneció. Y recuerdo que yo lloraba y mi padre reía ante mi infantil reacción. Quizás ese fue uno de los pocos recuerdos agradables que tengo de él. Quizás me cogió el mentón con su mano poderosa, secó mis lágrimas y me dio un beso. Quizás es lo que mi mente quisiera recordar. Quizás.
El resto de la historia es la historia de tantos y tantos púgiles convertidos en muñecos rotos por la fuerza del egoísmo humano que no conoce compasión alguna. Sueños desvanecidos a golpes crueles que son tan difíciles de esquivar.
Hoy Perico, con 62 años que le pesan como mil, malvive de la caridad que le ofrecen quien como yo todavía lo recuerda como ese campeón vivaracho y lenguaraz que no se detenía ante nada, con esa frescura que da la ignorancia bruta, más peligrosa que sus puños.
Pese a tener el cerebro como un queso gruyere por los golpes recibidos a uno y otro lado de la lona, Perico disfruta de la pintura, lo único que consigue alejarle del pozo en el que malvive. Curiosa paradoja la de alguien que inventa realidades para alejarse de la suya.
Y entre cuartuchos infectos de puticlubs de tercera y coches desvencijados que le dan cobijo en las frías noches zaragozanas, Perico saca pecho cuando algún aficionado agradecido le grita: Perico, campeón...
martes, 4 de noviembre de 2014
FRÍO
Añoro el frío. Dice mi aplicación de Yahoo Weather, que a partir del próximo fin de semana llegará el invierno y eso me sana las heridas. A veces sueño con ser un habitante de Fargo, ese pueblo imaginario creado por las mentes calenturientas de los hermanos Cohen donde el páramo seco y nevado, huele a muerte por debajo. O un miembro de la comunidad de Sicily, en Alaska donde el doctor Joel Fleischman curaba catarros y maceraba su espíritu entre tanta gente rebotada del mundo habitual.

Ayer fue el primer día otoñal del año. Nubes, rachas de viento, un par de chaparrones de esos que te calan para luego sofocar el cuerpo. Un día de los que me gustan. Gris y plomizo. Si además le añadimos que por la mañana salí a correr y volví a las marcas a las que estaba habituado no hace tanto, podemos decir que no fue malo el día del todo.
Afortunadamente tengo la costumbre de salir a correr a las 6.30 de la mañana, con lo que ahora que disfruto todo el recorrido prácticamente en penumbras, no me cruzo más que con algún vejete que se siente rechazado hasta en su propia casa, y disfruto de esa soledad que tanto añoro. Lo digo porque ahora correr está de moda, y raro es el momento del día en el que no me cruzo con hordas de advenedizos enfundados en mallas de lycra corriendo como alma que lleva el diablo. Juro por mis zapatillas Asics que yo llevo siguiendo esta moda tan cool la friolera de veintiséis años sin haber dejado uno solo de ellos de correr al menos 500 kilómetros. ¿Y a quién le importan las modas? A aquellos que no tienen una base definida. Por eso adoro los dandys. Porque no entienden de tendencias ni de in o out. Son ellos mismos, sin importarles lo que piensen los demás. Y eso les da confianza y seguridad. Porque un dandy tiene que estar muy seguro de sí mismo. Si no corre el riesgo de parecer un payaso.
Las cosas que tiene el madrugar en exceso. La sangre tarda un poco en regar el cerebro y comienzas escribiendo del tiempo y acabas hablando de estilismo. No hay que darle mucha importancia. El chico es así.
Y volviendo a mi sana afición del running. Mira que me da por pensar en cuántos kilómetros llevaré acumulados durante toda mi vida. Contando que los primeros diez años no fallé prácticamente ninguno de los cinco días preceptivos a la semana, y contando que por aquel entonces corría unos siete kilómetros por jornada, eso da la friolera de unos 1750 kilómetros anuales, y aunque sea de letras me da para saber que en diez años me zampé 17500 kilómetros. Los siguientes quince años aumenté mi cadencia hasta los nueve kilómetros diarios pues leí en alguna parte que para que un esfuerzo prolongado y anaeróbico surtiera efecto en el organismo, debía durar al menos 45 minutos. Dicho y hecho con el aumento de distancia. Eso sí, la pereza hizo mella en mí y en estos años habré corrido una media de cien días al año. La cuenta es fácil, dijo la calculadora del móvil. Otros 13500 kilómetros que añadir a la mochila. Sí, en mi vida habré recorrido hasta hoy algo más de treinta mil kilómetros, lo que dicho así acojona bastante. Es como dar dos veces y media la vuelta a nuestro planeta. Pero luego no es tanto. Se lo aseguro.

Ayer fue el primer día otoñal del año. Nubes, rachas de viento, un par de chaparrones de esos que te calan para luego sofocar el cuerpo. Un día de los que me gustan. Gris y plomizo. Si además le añadimos que por la mañana salí a correr y volví a las marcas a las que estaba habituado no hace tanto, podemos decir que no fue malo el día del todo.
Afortunadamente tengo la costumbre de salir a correr a las 6.30 de la mañana, con lo que ahora que disfruto todo el recorrido prácticamente en penumbras, no me cruzo más que con algún vejete que se siente rechazado hasta en su propia casa, y disfruto de esa soledad que tanto añoro. Lo digo porque ahora correr está de moda, y raro es el momento del día en el que no me cruzo con hordas de advenedizos enfundados en mallas de lycra corriendo como alma que lleva el diablo. Juro por mis zapatillas Asics que yo llevo siguiendo esta moda tan cool la friolera de veintiséis años sin haber dejado uno solo de ellos de correr al menos 500 kilómetros. ¿Y a quién le importan las modas? A aquellos que no tienen una base definida. Por eso adoro los dandys. Porque no entienden de tendencias ni de in o out. Son ellos mismos, sin importarles lo que piensen los demás. Y eso les da confianza y seguridad. Porque un dandy tiene que estar muy seguro de sí mismo. Si no corre el riesgo de parecer un payaso.
Las cosas que tiene el madrugar en exceso. La sangre tarda un poco en regar el cerebro y comienzas escribiendo del tiempo y acabas hablando de estilismo. No hay que darle mucha importancia. El chico es así.
Y volviendo a mi sana afición del running. Mira que me da por pensar en cuántos kilómetros llevaré acumulados durante toda mi vida. Contando que los primeros diez años no fallé prácticamente ninguno de los cinco días preceptivos a la semana, y contando que por aquel entonces corría unos siete kilómetros por jornada, eso da la friolera de unos 1750 kilómetros anuales, y aunque sea de letras me da para saber que en diez años me zampé 17500 kilómetros. Los siguientes quince años aumenté mi cadencia hasta los nueve kilómetros diarios pues leí en alguna parte que para que un esfuerzo prolongado y anaeróbico surtiera efecto en el organismo, debía durar al menos 45 minutos. Dicho y hecho con el aumento de distancia. Eso sí, la pereza hizo mella en mí y en estos años habré corrido una media de cien días al año. La cuenta es fácil, dijo la calculadora del móvil. Otros 13500 kilómetros que añadir a la mochila. Sí, en mi vida habré recorrido hasta hoy algo más de treinta mil kilómetros, lo que dicho así acojona bastante. Es como dar dos veces y media la vuelta a nuestro planeta. Pero luego no es tanto. Se lo aseguro.
jueves, 30 de octubre de 2014
AIDAN
Me piden que hable de mi hijo Aidan y, claro, el caos se desata entre mis neuronas y no sé por donde comenzar.
Eso es a simple vista, claro. O a la vista de quien como yo, su padre, me ha costado entender que lo que realmente es Aidan es un regalo del cielo, una bendición de los dioses que de algún modo han querido premiarme con un ser de luz, un ser especial, dulce, tierno y puro. Un ser que no está contaminado por los absurdos clichés que imponemos a nuestros peques con el fin último de estigmatizar a la sociedad con la marca de la mediocridad. Aidan desconoce la mentira, los convencionalismos y las posturas estándares. Es como un osezno salvaje que un día despierta a un mundo desconocido y está ávido por descubrirlo. Y ese entusiasmo le llena de una energía que solo sabe transformarla en amor. En un amor incondicional que está dispuesto a compartirlo con todo el mundo. Porque Aidan no hace trastadas, no pega, no desobedece de modo gratuito. Nos grita a los cuatro vientos que la vida, con toda la mierda que acarrea, es maravillosa. Que no la compliquemos tanto, que es mucho más sencillo que todo eso. Se trata de ser feliz. Y eso es lo que es mi hijo. Un portador de un mensaje que cuesta entender, que cualquiera lo tomaría por loco, o por NO NORMAL, cuando los locos somos nosotros...
A simple vista, Aidan es un niño inquieto y movido. No, no se lo crean. Aidan es un torbellino que arrasa allí por donde pasa como un ciclón sin más gobierno que el que dicta su instinto demasiado rebelde. Aidan te exaspera, pues por más indicaciones que le des, solo sabe seguir ese fuego interno que parece abrasarle por dentro y que le nubla su capacidad de raciocinio. Aidan no se cansa nunca y parece que sus infantiles fechorías que va acumulando a lo largo del día, lo retroalimentan con lo que un torrente de energía va generando más y más pequeños desastres que minan tu paciencia hasta lograr perder el norte y sumirte en una desesperación oscura y viscosa.
jueves, 25 de septiembre de 2014
LIMPIEZA COMPULSIVA
Desde hace días noto que mi MacBook Pro va lento cual PC ponzoñero y eso es algo que me saca de mis casillas. Entrar a visitar a un cliente poderoso, sacar tu Mac Book reluciente del maletín de cuero repujado. Abrir silenciosamente su tapa, encender y... esperar. Dios, qué contrasentido más incómodo. Ni qué decir tiene cuando comienzas a abrir el correo o el explorador de Internet y no sabes dónde posar la mirada mientras los segundos se convierten en minutos y tu cliente te mira de refilón con una sonrisa de medio lado. Tanto Mac para nada...Y entonces me quiero morir. O lo que es peor. Quiero reventar el jodido portátil contra la pared pero mi decoro británico me obliga a forzar una sonrisa falsa acompañada de un chascarrillo acerca de tito Jobs, Dios lo tenga en su gloria.
Después de bucear por los insondables y procelosos océanos de Google, llego a la conclusión de que lo que le pasa a mi ordenador es lo mismo que al armario de los juguetes de mi hijo: que está lleno de mierda, y las pocas cosas que son aprovechables, están mezcladas con ponzoña informática. Nada que un buen lavado y peinado no pueda solucionar. Y como estamos en crisis, nada de spa o peluquería. Desde el confort del hogar, le aplico una buena dosis de Onyx, le seco bien con el CleanmyMac para aplicarle unas cremas de permisos de disco y, voilá, mi MacBook vuelve a brillar en todo su esplendor. Rápido como una centella, poderoso y bello...
A mí me pasa algo parecido. Cuando estoy sucio y desmadejado, parece que pierdo toda mi fuerza. Soy incapaz de funcionar a pleno rendimiento y una sensación de desazón me invade. La solución es fácil y placentera. Una buena ducha reparadora con cinco minutos dejando que el agua se deslice por encima de mi cabeza para ir empapando todo el cuerpo. Enjabonar desde el cuello a los pies frotando con fruición en las partes visiblemente más sucias para ver como el agua se tiñe de amarillo suero. Una vez seco y masajeado, tengo dos opciones dependiendo de la época del año: en invierno me embadurno en mi albornoz, me tumbo en mi sillón Woden y pongo "Cantando bajo la lluvia" mientras disfruto de un ColaCao hirviendo. En verano, con un short y una camiseta y el pelo húmedo, doy un largo paseo con Lúa mientras mis músculos van tornándose tersos. Y así vuelvo a ser el de siempre.
Pese a soportar la misma mierda, la limpieza nos ayuda a llevarla con dignidad.
Después de bucear por los insondables y procelosos océanos de Google, llego a la conclusión de que lo que le pasa a mi ordenador es lo mismo que al armario de los juguetes de mi hijo: que está lleno de mierda, y las pocas cosas que son aprovechables, están mezcladas con ponzoña informática. Nada que un buen lavado y peinado no pueda solucionar. Y como estamos en crisis, nada de spa o peluquería. Desde el confort del hogar, le aplico una buena dosis de Onyx, le seco bien con el CleanmyMac para aplicarle unas cremas de permisos de disco y, voilá, mi MacBook vuelve a brillar en todo su esplendor. Rápido como una centella, poderoso y bello...A mí me pasa algo parecido. Cuando estoy sucio y desmadejado, parece que pierdo toda mi fuerza. Soy incapaz de funcionar a pleno rendimiento y una sensación de desazón me invade. La solución es fácil y placentera. Una buena ducha reparadora con cinco minutos dejando que el agua se deslice por encima de mi cabeza para ir empapando todo el cuerpo. Enjabonar desde el cuello a los pies frotando con fruición en las partes visiblemente más sucias para ver como el agua se tiñe de amarillo suero. Una vez seco y masajeado, tengo dos opciones dependiendo de la época del año: en invierno me embadurno en mi albornoz, me tumbo en mi sillón Woden y pongo "Cantando bajo la lluvia" mientras disfruto de un ColaCao hirviendo. En verano, con un short y una camiseta y el pelo húmedo, doy un largo paseo con Lúa mientras mis músculos van tornándose tersos. Y así vuelvo a ser el de siempre.
Pese a soportar la misma mierda, la limpieza nos ayuda a llevarla con dignidad.
sábado, 6 de septiembre de 2014
PARADOJAS DE LA VIDA
Mariano Rajoy preside un país de más de cuarenta millones de habitantes, que según él, es uno de los países acomodados del mundo.
Cuando Mariano Rajoy se dirige a sus compatriotas, las más de las veces lo hace desde una pantalla catódica, nos cuenta su versión de los hechos y nos asegura que somos la hostia, que si seguimos sus directrices como borreguitos, seremos un país próspero. Cuando habla se dirige a sus súbditos con términos de macroeconomía, declares bursátiles, de la rentabilidad del IBEX 35, de entramados de fiscalidad, de stock options, de ritmo salarial moderadamente sostenido, de pensiones estables... No se le entiende un carajo y lo peor es que creo que el tampoco se entera de lo que dice.
Rajoy protege y ampara a los corruptos, a los enemigos de eso que él llama patria y dice defenderla a muerte. Y los encubre porque las más de los veces son compadres suyos, y en el fondo le importa una mierda que su país se vaya al carajo siempre y cuando todo siga igual.
Mariano Rajoy va embutido en trajes caros que no disimulan su cara de bobalicón y su tufo a embustero.
José Múgica preside un pequeño país de algo más de tres millones de habitantes, y pese a que sabe que no son ninguna potencia económica, hace sentir felices a sus ciudadanos porque les inculca el sabio dicho que no es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita.
Cuando José Múgica se dirige a sus ciudadanos les habla a la cara, mirándoles a los ojos. Les dice que la cosa está jodida pero les alienta a que sean mejores seres humanos, a que sepan ser solidarios, a compartir, a respetar. Les habla de amor, de felicidad, de hijos, amigos, de paciencia. Y, ¿saben qué? Se le entiende clarito clarito. Y me convence. Y me hace pensar que todavía hay esperanza.
José Múgica se caga en la reputa madre del que desde sus posiciones de privilegios trate de enriquecerse vilmente con el dinero que tanto cuesta ganar a los sufridos contribuyentes. Y los persigue. Y los acosa. Y les hace devolver todo mientras se pudren en la peor de las cárceles. Porque José Múgica ha sido toda su vida un hombre de la calle sin privilegios. Un currante. Y ahora por ser presidente no tiene porqué cambiar.
José Mújica viste prendas humildes, tanto como su casa. No necesita una Moncloa para vivir. Pero es un tipo grande. Y sabio. Y eminentemente bueno.
Y sí, uno preside un país fuerte y poderoso donde sus gentes se desangran por una corrupción galopante y la falta de trabajo. Un país triste.
El otro preside un país chiquito pero feliz. Orgulloso de ser buena gente. Solidario y respetuoso. Algo tendrá que ver su presidente...
Cuando Mariano Rajoy se dirige a sus compatriotas, las más de las veces lo hace desde una pantalla catódica, nos cuenta su versión de los hechos y nos asegura que somos la hostia, que si seguimos sus directrices como borreguitos, seremos un país próspero. Cuando habla se dirige a sus súbditos con términos de macroeconomía, declares bursátiles, de la rentabilidad del IBEX 35, de entramados de fiscalidad, de stock options, de ritmo salarial moderadamente sostenido, de pensiones estables... No se le entiende un carajo y lo peor es que creo que el tampoco se entera de lo que dice.Rajoy protege y ampara a los corruptos, a los enemigos de eso que él llama patria y dice defenderla a muerte. Y los encubre porque las más de los veces son compadres suyos, y en el fondo le importa una mierda que su país se vaya al carajo siempre y cuando todo siga igual.
Mariano Rajoy va embutido en trajes caros que no disimulan su cara de bobalicón y su tufo a embustero.
José Múgica preside un pequeño país de algo más de tres millones de habitantes, y pese a que sabe que no son ninguna potencia económica, hace sentir felices a sus ciudadanos porque les inculca el sabio dicho que no es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita.
Cuando José Múgica se dirige a sus ciudadanos les habla a la cara, mirándoles a los ojos. Les dice que la cosa está jodida pero les alienta a que sean mejores seres humanos, a que sepan ser solidarios, a compartir, a respetar. Les habla de amor, de felicidad, de hijos, amigos, de paciencia. Y, ¿saben qué? Se le entiende clarito clarito. Y me convence. Y me hace pensar que todavía hay esperanza.José Múgica se caga en la reputa madre del que desde sus posiciones de privilegios trate de enriquecerse vilmente con el dinero que tanto cuesta ganar a los sufridos contribuyentes. Y los persigue. Y los acosa. Y les hace devolver todo mientras se pudren en la peor de las cárceles. Porque José Múgica ha sido toda su vida un hombre de la calle sin privilegios. Un currante. Y ahora por ser presidente no tiene porqué cambiar.
José Mújica viste prendas humildes, tanto como su casa. No necesita una Moncloa para vivir. Pero es un tipo grande. Y sabio. Y eminentemente bueno.
Y sí, uno preside un país fuerte y poderoso donde sus gentes se desangran por una corrupción galopante y la falta de trabajo. Un país triste.
El otro preside un país chiquito pero feliz. Orgulloso de ser buena gente. Solidario y respetuoso. Algo tendrá que ver su presidente...
ADOLESCENCIA
Criar a un adolescente es algo tan difícil como ser adolescente. ¿Y quién nos enseña a hacer ambas cosas? Nadie. Ambas etapas son un grano en el culo que debemos sufrir, unos en silencio y otros entre quejas lastimeras reconocibles a millas de distancia.
La adolescencia es esa etapa hermosa donde Mariví te regala un día una versión gastada de "Cien años de soledad" con una dedicatoria en su primera página apenas legible, y las desnudas murallas de Macondo te acogen en un mundo hasta ahora desconocido donde "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo."
Adolescencia es derribar el mito de aquel super héroe todopoderoso que era tu padre para pasar a ser un bulto sospechoso, censor y toca pelotas que solo sirve para sufragar tus incontables gastos.
Adolescencia es disfrutar un amanecer junto a Luisa en aquella playa donde hace un par de años levantabas castillos bajo la atenta mirada de tu madre, esa que ahora se avergonzaría al ver como intento besar a Inés entre tanta belleza.
Adolescencia es volverte inmortal e invencible. Nada nos detiene. Nadie nos comprende. El ejército de posters que jalonan nuestra morada nos dotan de un círculo de fuerza que nadie puede franquear.
Adolescencia es no poder comer desde que Yolanda cortó conmigo. Esa inmortalidad y fuerza todopoderosa se derrumba de un plumazo ante el rechazo del amor de mi vida. Ya no habrá otra como ella. Y encima me dicen que la han visto besarse con Carlos el mismo día que me destrozó el corazón en mil pedazos.
Adolescencia es comprender a Hermann Hess. Deborar en una noche insomne "Shiddarta" y discutir con tu profesor de filosofía porque no deja leer en clase "El lobo estepario". Puto nazi inquisidor.
Adolescencia es vibrar con "Los Nickis" en un concierto clandestino mientras besas furtivamente a Olga, para acabar durmiendo en un garage público escondidos de las garras del vigilante de turno. Mamá piensa que estoy plácidamente en casa de Fernando. O no lo piensa.
Adolescencia es no.
Adolescencia es robar los discos de Bob Dylan a tu padre y descubrir que te ha estado mintiendo todos estos años con su historia barata del mundo del arco iris. "How many roads must a man walk down, before they call him a man, how many seas must a white dove sail, before she sleeps in the sand, how many times must the cannonballs fly, before they are forever banned, the answer my friend is blowing in the air."
Adolescencia es derribar murallas sin pensar en las consecuencias. Correr, abrir, ver, descubrir y seguir corriendo.
La adolescencia es esa etapa hermosa donde Mariví te regala un día una versión gastada de "Cien años de soledad" con una dedicatoria en su primera página apenas legible, y las desnudas murallas de Macondo te acogen en un mundo hasta ahora desconocido donde "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo."
Adolescencia es derribar el mito de aquel super héroe todopoderoso que era tu padre para pasar a ser un bulto sospechoso, censor y toca pelotas que solo sirve para sufragar tus incontables gastos.
Adolescencia es disfrutar un amanecer junto a Luisa en aquella playa donde hace un par de años levantabas castillos bajo la atenta mirada de tu madre, esa que ahora se avergonzaría al ver como intento besar a Inés entre tanta belleza.
Adolescencia es volverte inmortal e invencible. Nada nos detiene. Nadie nos comprende. El ejército de posters que jalonan nuestra morada nos dotan de un círculo de fuerza que nadie puede franquear.
Adolescencia es no poder comer desde que Yolanda cortó conmigo. Esa inmortalidad y fuerza todopoderosa se derrumba de un plumazo ante el rechazo del amor de mi vida. Ya no habrá otra como ella. Y encima me dicen que la han visto besarse con Carlos el mismo día que me destrozó el corazón en mil pedazos.
Adolescencia es comprender a Hermann Hess. Deborar en una noche insomne "Shiddarta" y discutir con tu profesor de filosofía porque no deja leer en clase "El lobo estepario". Puto nazi inquisidor.
Adolescencia es vibrar con "Los Nickis" en un concierto clandestino mientras besas furtivamente a Olga, para acabar durmiendo en un garage público escondidos de las garras del vigilante de turno. Mamá piensa que estoy plácidamente en casa de Fernando. O no lo piensa.
Adolescencia es no.
Adolescencia es robar los discos de Bob Dylan a tu padre y descubrir que te ha estado mintiendo todos estos años con su historia barata del mundo del arco iris. "How many roads must a man walk down, before they call him a man, how many seas must a white dove sail, before she sleeps in the sand, how many times must the cannonballs fly, before they are forever banned, the answer my friend is blowing in the air."
Adolescencia es derribar murallas sin pensar en las consecuencias. Correr, abrir, ver, descubrir y seguir corriendo.
MALDITA PEREZA
La pereza es esa compañera que lleva toda la vida a tu lado y pese a que te causa un rechazo irrefrenable, no puedes quitártela de encima. Se pega a tu nuca y sientes su aliento nauseabundo alrededor. Tratas de darle esquinazo pero es rápida la jodida. E implacable. Alguna vez he llegado a casa, la he mirado fijamente a los ojos y le he dicho: "tenemos que hablar". Pero no sirve de nada. A la mañana siguiente al despertar, allí está ella con sus largos tentáculos y su inmensa mole pegada a mí, con esa sonrisa bobalicona que parece decir, ¿quieres que me vaya? Pues te jodes...
¿Has pensado en matarla? No es mala idea, pero no sé dónde haría desaparecer el cadáver. Tengo muy mala suerte y seguro que alguien lo descubriría en el fondo de una ciénaga y la resucitaría, y volvería a encontrármela tumbada a mi lado con su aliento denso y su mirada lánguida.
¿Has pensado en matarla? No es mala idea, pero no sé dónde haría desaparecer el cadáver. Tengo muy mala suerte y seguro que alguien lo descubriría en el fondo de una ciénaga y la resucitaría, y volvería a encontrármela tumbada a mi lado con su aliento denso y su mirada lánguida.
jueves, 16 de enero de 2014
MIEDO AL AMANECER
Envuelto en un manto de lluvia y silencio me siento protegido por las hadas de la discordancia. Atrapado en una red de rutina y miedo he logrado alcanzar un cuchillo y me he liberado de las trampas tendidas por la vida. Abro mi mente, cierro los ojos y un haz luminoso penetra en mi cerebro. Veo todo tan claro que me quedo momentáneamente ciego y es en ese instante cuando escucho una canción de Eddie Veder que me invita a escapar. ¿Por qué todo en mi vida gira en torno a la huida? Me siento como Paul Newman en "La leyenda del indomable". Siempre soñando con huir para acabar siendo capturado.¿Sentiré placer con mi cautividad? ¿Será mi inconformismo un arma de doble filo? Ahora es el coqueteo con el suicidio el que me pone nervioso. Porque amo la vida por encima de todas las cosas. Solo mis hijos ocupan el trono desplazando una vez más a la muerte. Ahora es frío lo que siento. La lluvia empapa los cristales de la ventana y siento la necesidad de tomar una toalla y aliviarme de la claustrofóbica humedad. No me levantaré de la silla. Es demasiado hermoso todo esto que está sucediendo. ¿Será verdad que nunca más saldrá el sol? No voy a echarle de menos. Maldito delator...
martes, 14 de enero de 2014
PENUMBRA
Esperando, esperando, esperando, esperando, esperando… Un día llegará aunque no lo crea, aunque me encuentre con las venas rasgadas por la desesperación. Un día despertaré y desde la perspectiva de una nueva dimensión, sonreiré al ver que tanto esfuerzo no fue en balde. Quizás ya no esté aquí pero seré feliz viendo como mis hijos disfrutan del sufrimiento de su padre. La espera golpea mis sienes y adivino los ojos inyectados en sangre. Peligroso cocktail. No importa. La idea de la muerte tan solo fluye con naturalidad. Está presente y acercándose con una suave danza embriagadora. La espero y quizás la deseo. Tan solo físicamente. Ocurre que mi sistema nervioso se desconectó de mi cerebro. Por eso ya no sufro. Y aguanto. Soy poderoso. Buscando mi límite lo encontré y no está en este mundo. Pensé que me costaría separarme de vosotros pero tengo fe en que estaré muy cerca, aunque vosotros no me sintáis. Os amo tanto que eso es lo único que me duele. Pero siento como si estuviera abandonado a mi suerte en las faldas escarpadas del K2. Pese a mis manos ateridas, saco la foto del bolsillo de la chaqueta. Vuestra imagen me da calor. Me siento reconfortado. Mis ojos se cierran pero vuestra imagen se me presenta nítida y luminosa. Os amo tanto, hijos…
Me he asomado un rato a la ventana de los sueños. Hoy he paseado por montañas nevadas del Pirineo, de mi amado Pirineo. No me queda más remedio que cerrarla. Entra frío y tengo que volver a la oscuridad.
Miras fijamente el teléfono y, de repente, sobresalto. Suena. No es quien esperas y tiendes a maldecir como un cochero, descargando mucha rabia contenida, mucha bilis que amarga el espíritu. Vuelta al silencio solo roto por sucios pensamientos que afloran por las costuras de la rabia.
Me he asomado un rato a la ventana de los sueños. Hoy he paseado por montañas nevadas del Pirineo, de mi amado Pirineo. No me queda más remedio que cerrarla. Entra frío y tengo que volver a la oscuridad.
Miras fijamente el teléfono y, de repente, sobresalto. Suena. No es quien esperas y tiendes a maldecir como un cochero, descargando mucha rabia contenida, mucha bilis que amarga el espíritu. Vuelta al silencio solo roto por sucios pensamientos que afloran por las costuras de la rabia.
jueves, 9 de enero de 2014
TRAGICOMEDIA
Hacía varias semanas que no tenía un día de los que yo denomino duro. Es uno de aquellos en los que llegas a casa abatido y exhausto con la amarga sensación de que nada ha salido bien y para colmo te encuentras con la incomprensión de tu pareja a la que tan solo le reclamas un hombro sobre el que descansar y sentirte reconfortado. Por el contrario paso a despojarme de mi armadura, hinco las rodillas en tierra y el cansancio y el abatimiento acaban por hacer mella. Dolorido me tumbo en el sofá y acabo mecido por las ondas de un fracaso anunciado...
martes, 7 de enero de 2014
RESACA
Han acabado las fiestas navideñas y aquí estoy cumpliendo una de las mil promesas que en estas fechas juramos acatar fehacientemente para acabar diluidas en el pozo de la rutina gris. Te pasas la mitad de estas fiestas porfiando de la laxitud de la gente y de los excesos navideños deseando que cuanto antes vuelva todo a la normalidad y cuando ésta llega, vacío. Sensación de abatimiento porque descubres que esa vida que ansiabas es la misma que los últimos veinte años ha estado ajando tu frescura y vuelves a soñar con paraísos perdidos y con huir. Poder dejar atrás aquello que estuviste anhelando los últimos quince días y ese laberinto emocional te deja literalmente abatido y descubres que la rueda que movemos todos los días es eso: una rueda. Y que como tal no tiene fin.Quiero creer que me enfrento a un lunes más cualquiera, aunque venga disfrazado de martes. Quiero creer que soy más fuerte mentalmente y seguir a rajatabla el consejo que hace unos días reflejaba en estos reflejos de mi mente. Quiero creer y debo, que salir del pozo es posible. Que solo tengo que tener fe en mis posibilidades y empujar. Empujar fuerte. Quiero y puedo. Creo.
Desaparezco por un momento. Regreso y cuarenta desaforados han visitado este blog, entiendo que despistados por su alusión a los triatlón de su título primigenio, el cuál no soy capaz de cambiar, ni maldita la falta que hace. Quisiera creer que han entrado atraídos por mi verbo suelto y mi pluma aviesa pero sé que no es así. Quizás algún día llegue el momento en el que saboree las mieles del éxito literario.
lunes, 6 de enero de 2014
NOCHE DE REYES
Noche de Reyes. Noche de ilusión. Ya soy demasiado viejo para mojar la cama, al menos de orina, pero sigue surgiendo ese cosquilleo en la tripa cuando me acuesto la noche mágica del 5 de Enero, sobre todo si no sé a ciencia cierta si va a haber regalo para mí. Ver a tus hijos abrir los regalos con los ojos como platos y el corazón a mil por hora, no tiene precio, pero les aseguro que ver un par de paquetitos envueltos en el rincón de papá, sigue causándome emoción a raudales. Sí, este año he debido ser bueno, o al menos no tan hijo de puta como esperaba y los Reyes Magos se han acordado de mí. Espero que nunca muera esa parte infantil que dulcifica mi espíritu agrio.Dentro de un par de meses les contaré si estos Magos tan viejos como sabios, han hecho caso a mis pláticas.
viernes, 3 de enero de 2014
LUCHA Y RESISTENCIA
Comenzar con renovadas energías es un tópico tan manido en estas fechas como intentar dejar de fumar o iniciar una dieta de adelgazamiento. Pero no es menos tópico que transcurridas un par de semanas de este jubileo cerebral, esos buenos propósitos se disipan entre las costuras de la rutina que no entiende de fechas y sí de constancia. La clave del éxito radica en la constancia, en tratar de ser más perseverante que la maldita rutina. Estoy convencido de que avanzando un poco más de lo habitual, atisbaré un minúsculo punto de luz en el horizonte y a medida que las fuerzas no me abandonen esa referencia luminosa se irá agrandando hasta que me permita discernir el futuro con claridad. Este año que ya ha muerto (Dios lo tenga en su gloria o donde cojones le apetezca), me trajo un pensamiento que se ha incrustado en mi conciencia y que lo mimo y lo riego con denuedo para que no muera como tantos otros buenos propósitos que lanzamos en estas fechas. No recuerdo quién lo dijo, ni tan siquiera donde lo leí, pero más o menos venía a decir que cuando creemos que estamos al límite de nuestras fuerzas, resistamos un poco más. De esa forma nos daremos cuenta de que somos invencibles. Y yo quiero creerlo. No más regocijarnos en nuestra mala suerte. Lucha y resistencia. Estas serán las claves para un año que se presenta intenso. De momento, regreso a Arabia a la vuelta de la esquina. Inyección de optimismo.Vamos a lanzarnos de lleno a retomar mis jornadas de running que este año he dejado tan abandonadas pese a haberme recuperado de una lesión tan dolorosa como puñetera. Vamos a intentar mover estas piernas con la fuerza de la mente. Why not?
miércoles, 1 de enero de 2014
FELIZ AÑO
Nuevo Año, nuevos propósitos, nuevas ilusiones… Suena a patraña consumista pero no es menos cierto que el primero de Enero huele a nuevo, a camisa recién planchada, a gel de ducha. Me gustan los primeros de año, sobre todo desde que no los dedico a vegetar en coma etílico enredado entre sábanas mezcladas con unas piernas extrañas. Me gusta salir a pasear con mis hijos y respirar profundo. Al exhalar parece que saco toda la mierda acumulada en mi interior durante todo el año pasado.Me siento feliz, regenerado, dispuesto a echar borrón y cuenta nueva. En este año especialmente en el que tras dura lucha por salir a flote, es ahora cuando se empiezan a ver los resultados. Pese a la llovizna incesante, el frío intenso y una densa neblina pegajosa, el sol brilla en el horizonte y pongo rumbo, hoy sí, a un futuro radiante. Incluso pienso hacer más caso a este rincón confortable que tan abandonado tengo últimamente. Promesas que no tardan mucho en caer en saco roto pero al menos hoy disfrutaré de esa inyección de autoestima que hace de este día algo especial. Feliz Año a todos...
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