Han acabado las fiestas navideñas y aquí estoy cumpliendo una de las mil promesas que en estas fechas juramos acatar fehacientemente para acabar diluidas en el pozo de la rutina gris. Te pasas la mitad de estas fiestas porfiando de la laxitud de la gente y de los excesos navideños deseando que cuanto antes vuelva todo a la normalidad y cuando ésta llega, vacío. Sensación de abatimiento porque descubres que esa vida que ansiabas es la misma que los últimos veinte años ha estado ajando tu frescura y vuelves a soñar con paraísos perdidos y con huir. Poder dejar atrás aquello que estuviste anhelando los últimos quince días y ese laberinto emocional te deja literalmente abatido y descubres que la rueda que movemos todos los días es eso: una rueda. Y que como tal no tiene fin.Quiero creer que me enfrento a un lunes más cualquiera, aunque venga disfrazado de martes. Quiero creer que soy más fuerte mentalmente y seguir a rajatabla el consejo que hace unos días reflejaba en estos reflejos de mi mente. Quiero creer y debo, que salir del pozo es posible. Que solo tengo que tener fe en mis posibilidades y empujar. Empujar fuerte. Quiero y puedo. Creo.
Desaparezco por un momento. Regreso y cuarenta desaforados han visitado este blog, entiendo que despistados por su alusión a los triatlón de su título primigenio, el cuál no soy capaz de cambiar, ni maldita la falta que hace. Quisiera creer que han entrado atraídos por mi verbo suelto y mi pluma aviesa pero sé que no es así. Quizás algún día llegue el momento en el que saboree las mieles del éxito literario.
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