Esperando, esperando, esperando, esperando, esperando… Un día llegará aunque no lo crea, aunque me encuentre con las venas rasgadas por la desesperación. Un día despertaré y desde la perspectiva de una nueva dimensión, sonreiré al ver que tanto esfuerzo no fue en balde. Quizás ya no esté aquí pero seré feliz viendo como mis hijos disfrutan del sufrimiento de su padre. La espera golpea mis sienes y adivino los ojos inyectados en sangre. Peligroso cocktail. No importa. La idea de la muerte tan solo fluye con naturalidad. Está presente y acercándose con una suave danza embriagadora. La espero y quizás la deseo. Tan solo físicamente. Ocurre que mi sistema nervioso se desconectó de mi cerebro. Por eso ya no sufro. Y aguanto. Soy poderoso. Buscando mi límite lo encontré y no está en este mundo. Pensé que me costaría separarme de vosotros pero tengo fe en que estaré muy cerca, aunque vosotros no me sintáis. Os amo tanto que eso es lo único que me duele. Pero siento como si estuviera abandonado a mi suerte en las faldas escarpadas del K2. Pese a mis manos ateridas, saco la foto del bolsillo de la chaqueta. Vuestra imagen me da calor. Me siento reconfortado. Mis ojos se cierran pero vuestra imagen se me presenta nítida y luminosa. Os amo tanto, hijos…
Me he asomado un rato a la ventana de los sueños. Hoy he paseado por montañas nevadas del Pirineo, de mi amado Pirineo. No me queda más remedio que cerrarla. Entra frío y tengo que volver a la oscuridad.
Miras fijamente el teléfono y, de repente, sobresalto. Suena. No es quien esperas y tiendes a maldecir como un cochero, descargando mucha rabia contenida, mucha bilis que amarga el espíritu. Vuelta al silencio solo roto por sucios pensamientos que afloran por las costuras de la rabia.

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