Esta mañana he intentado salir a correr por tercera vez en esta semana y los dolores han superado mis ganas de luchar. Es frustrante cada vez que tu cabeza parece que se asienta y sigue la senda marcada pero tus piernas se niegan a obedecer. Me asusta la posibilidad de no poder volver a correr nunca y tener que abrazar la doctrina de la bicicleta. El viernes le preguntaré a la doctora aunque ya imagino su mirada lacónica de superioridad y ese deje entre chulesco e indiferente con el que achacará a mi carácter aprensivo mis males imaginarios.
La visita a la doctora ha sido de lo más esclarecedora. Parece que tengo un pinzamiento de peroneo externo. Esta puñetera retahíla de palabras malsonantes es la causa de que al correr lleve literalmente la pierna derecha arrastrando y me produzco unos dolores insoportables. Es una gran noticia en medio de un vendaval de acontecimientos desconcertantes. Viene ahora un puente largo y turbulento en el que trataré de poner en orden mis ideas, soltaré lastre y encararé la fase previa al verano con un paso por chapa y pintura para poner a tono la pierna y para mi cerebro revisaré cientos de veces el vídeo que descubrí en Youtube hace unos días sobre el padre que acompañaba a su hijo en maratones e incluso en un Ironman. Os invito a verlo y reflexionar...
Somos tan egoístas...
martes, 30 de abril de 2013
sábado, 20 de abril de 2013
VIDAS PARALELAS
Me despierto con la noticia de la detención en Watertown, junto a Boston, del único responsable que quedaba vivo de la matanza del maratón de la ciudad de Massachussets. Un chaval de 19 años de nombre impronunciable y origen checheno. Leyendo la crónica del suceso, parece que me sumerjo en una de esas superproducciones de Hollywood que tanta grima me producen. 7000 policías cercando a un muchacho asustado y malherido, decenas de helicópteros sobrevolando el área, ciudadanos anónimos jugando a justicieros, perros policías rastreando cada rincón de una población que hasta ahora vivía feliz escondida a los ojos del mundo y ahora formará parte de recorridos turísticos y morbosas tertulias.
Por un momento trato de ponerme en el pellejo del presunto asesino y lo imagino como un conejo asustado, preguntándose a cada momento cómo pudo dejarse convencer por su hermano para detonar esas ollas de muerte y destrucción. Él que era la esperanza de la familia, un ejemplo perfecto de integración en la gran sociedad americana que ahora se veía acorralado por una horda de furibundos defensores del sistema social más perfecto que se conoce: los Estados Unidos de América. Pocas horas antes, su hermano caía abatido por los disparos del John Wayne de turno que no contento con la captura de la pieza grande, todavía andaba sediento de sangre y se conjura para dar caza a la pieza que falta: "Todavía no lo hemos capturado, pero lo haremos..." El país más poderoso de la Tierra estaba herido en su orgullo y era una cuestión prioritaria. Vivo o muerto. Pero había que exhibir a la pieza y mostrarle al mundo qué le ocurriría al incauto que osara molestar a la fiera. Goliath contra David. La historia no puede repetirse. Ya tuvimos un Vietnam. Nunca más...
El atentado de la maratón de Boston me produjo una catarsis de reacciones. Desde la perplejidad inicial por los datos confusos que iban llegando a las ediciones digitales de los periódicos, pasando por la tristeza que produce la muerte de personas inocentes que estaban en el lugar equivocado movidos por una loable causa: saberse capaces de correr durante 42 kilómetros y 195 metros, desafiar sus límites y disfrutar. La confirmación del fallecimiento de un niño de 8 años junto a la línea de meta que esperaba alborozado la llegada de su papá, me llevó a una profunda indignación. Soy padre y deportista. Mezcla adecuada para sentirme especialmente sensibilizado con una barbarie que no es sino un sinsentido macabro producido por mentes abyectas con fines despreciables.
Pero ese día no fue la matanza de Boston la que me creó más estupor. Tratando de recopilar la mayor información posible, me topé de bruces con la foto que adorna este post y de repente todo se detuvo. La cabeza me ardía pero mis manos estaban extrañamente frías. El conflicto de Siria es una de esas noticias habituales en todos los informativos que vienen a ocupar un par de minutos justo a mitad de emisión del noticiero y que no nos da ni frío ni calor (me incluyo en este detestable grupo, lo reconozco). 42 muertos por un coche bomba junto a un mercado en Damasco; decenas de cuerpos mutilados se agolpan en las ruinas de un hospital alcanzado por un misil de las milicias rebeldes; 15 muertos de una misma familia atacados mientras asisitían al entierro de una niña de 6 años alcanzada por las balas de un francotirador... Noticias que nos llegan con la misma intensidad que la subida de precios de los carburantes en España, o las abundantes lluvias invernales que amenazan con desbordamientos de ríos masivos. Pero esta foto es la viva estampa de la sinrazón humana, de la desesperación, de la desolación. Un padre sujeta entre sus brazos el cadáver de su hijo abatido por los disparos indiscriminados de una idea revolucionaria o contrarevolucionaria. Qué más da. Todo se acabó para una vida de no más de 8 años, como Martin Richard, el pobre niño que falleció mientras esperaba la llegada de su padre a la meta de la maratón. Del niño de la foto no sabemos su nombre ni probablemente lo sabremos nunca. Tanto da. Ahora yace en los brazos de su padre que no parecía estar disputando ninguna carrera. Quizás corría. Quizás trataba de proteger a su hijo indefenso sorteando los tiroteos procedentes del ansia de poder, del odio visceral. Seguramente soñaba con que un día podría escaparse de su país asediado por los más bajos instintos y llevar a su hijo a un lugar seguro. Estados Unidos es un buen lugar. La tierra de las oportunidades. El adalid de la democracia y los Derechos Humanos. El país de la libertad. Allí podría encontrar un trabajo y le daría a su hijo una educación libre, donde importara poco el credo que tuviera. Sí, estaba convencido. Si salía de ese laberinto de balas y bombas, cogería a su hijo y sus escasas pertenencias e iniciaría una nueva vida en América. Boston podría ser un buen lugar para comenzar. La conoce por su famosa maratón. Su afición al atletismo truncada por lo arriesgado que es salir a entrenar por los parques de Damasco, le hizo un día soñar con correr esta carrera. Y su hijo le estaría esperando en la meta ondeando una bandera yankee. Una bandera de libertad. Hoy ese sueño se ha truncado. Como los de Martin Richard. La bala y la metralla que cercenaron esos sueños provenían de la misma mano criminal. Pequeños matices separan las dos muertes. Martin será enterrado en una preciosa colina y cada año irán ciudadanos anónimos a rendirle sentido homenaje portando velas, poemas y flores. Posiblemente su nombre figure en la titularidad de alguna escuela infantil o de alguna preciosa calle de su ciudad. El niño de la foto del cuál nunca sabremos su nombre, acabará en alguna fosa común donde yacen miles de sueños truncados por la misma mano que sembró la muerte y la destrucción en Boston.
En memoria de esos sueños inocentes...
El atentado de la maratón de Boston me produjo una catarsis de reacciones. Desde la perplejidad inicial por los datos confusos que iban llegando a las ediciones digitales de los periódicos, pasando por la tristeza que produce la muerte de personas inocentes que estaban en el lugar equivocado movidos por una loable causa: saberse capaces de correr durante 42 kilómetros y 195 metros, desafiar sus límites y disfrutar. La confirmación del fallecimiento de un niño de 8 años junto a la línea de meta que esperaba alborozado la llegada de su papá, me llevó a una profunda indignación. Soy padre y deportista. Mezcla adecuada para sentirme especialmente sensibilizado con una barbarie que no es sino un sinsentido macabro producido por mentes abyectas con fines despreciables.
Pero ese día no fue la matanza de Boston la que me creó más estupor. Tratando de recopilar la mayor información posible, me topé de bruces con la foto que adorna este post y de repente todo se detuvo. La cabeza me ardía pero mis manos estaban extrañamente frías. El conflicto de Siria es una de esas noticias habituales en todos los informativos que vienen a ocupar un par de minutos justo a mitad de emisión del noticiero y que no nos da ni frío ni calor (me incluyo en este detestable grupo, lo reconozco). 42 muertos por un coche bomba junto a un mercado en Damasco; decenas de cuerpos mutilados se agolpan en las ruinas de un hospital alcanzado por un misil de las milicias rebeldes; 15 muertos de una misma familia atacados mientras asisitían al entierro de una niña de 6 años alcanzada por las balas de un francotirador... Noticias que nos llegan con la misma intensidad que la subida de precios de los carburantes en España, o las abundantes lluvias invernales que amenazan con desbordamientos de ríos masivos. Pero esta foto es la viva estampa de la sinrazón humana, de la desesperación, de la desolación. Un padre sujeta entre sus brazos el cadáver de su hijo abatido por los disparos indiscriminados de una idea revolucionaria o contrarevolucionaria. Qué más da. Todo se acabó para una vida de no más de 8 años, como Martin Richard, el pobre niño que falleció mientras esperaba la llegada de su padre a la meta de la maratón. Del niño de la foto no sabemos su nombre ni probablemente lo sabremos nunca. Tanto da. Ahora yace en los brazos de su padre que no parecía estar disputando ninguna carrera. Quizás corría. Quizás trataba de proteger a su hijo indefenso sorteando los tiroteos procedentes del ansia de poder, del odio visceral. Seguramente soñaba con que un día podría escaparse de su país asediado por los más bajos instintos y llevar a su hijo a un lugar seguro. Estados Unidos es un buen lugar. La tierra de las oportunidades. El adalid de la democracia y los Derechos Humanos. El país de la libertad. Allí podría encontrar un trabajo y le daría a su hijo una educación libre, donde importara poco el credo que tuviera. Sí, estaba convencido. Si salía de ese laberinto de balas y bombas, cogería a su hijo y sus escasas pertenencias e iniciaría una nueva vida en América. Boston podría ser un buen lugar para comenzar. La conoce por su famosa maratón. Su afición al atletismo truncada por lo arriesgado que es salir a entrenar por los parques de Damasco, le hizo un día soñar con correr esta carrera. Y su hijo le estaría esperando en la meta ondeando una bandera yankee. Una bandera de libertad. Hoy ese sueño se ha truncado. Como los de Martin Richard. La bala y la metralla que cercenaron esos sueños provenían de la misma mano criminal. Pequeños matices separan las dos muertes. Martin será enterrado en una preciosa colina y cada año irán ciudadanos anónimos a rendirle sentido homenaje portando velas, poemas y flores. Posiblemente su nombre figure en la titularidad de alguna escuela infantil o de alguna preciosa calle de su ciudad. El niño de la foto del cuál nunca sabremos su nombre, acabará en alguna fosa común donde yacen miles de sueños truncados por la misma mano que sembró la muerte y la destrucción en Boston.
En memoria de esos sueños inocentes...
jueves, 18 de abril de 2013
SUFRIMIENTO
Hoy ha sido el segundo día consecutivo que he salido a correr y he sacado varias conclusiones. La primera es que estoy mayor. No hace ni un año, realizaba 4 o 5 sesiones semanales sin despeinarme, con una capacidad de resistencia encomiable y apenas dolores en mis extremidades inferiores. Hoy el recorrido ha sido un verdadero suplicio. Los dos primeros kilómetros he ido arrastrando literalmente la pierna derecha soportando unos dolores en la zona de la tibia angustiosos. Para colmo, cargaba todo el peso en la pierna izquierda lo que me ha creado una sobrecarga. Sobreponiéndome al pequeño calvario, he seguido la ruta y el dolor pasaba a ser soportable aunque sin desaparecer. Los siguientes cuatro kilómetros he ido preguntándome el porqué de esos dolores sin encontrar una razón plausible que no fuera el prolongado período de inactividad del último año. En estas que, aprovechando la oscuridad, Lúa casi da buena cuenta de un ánade despistado. Gracias a Dios que he estado atento y he tirado de la correa en el momento oportuno. Los últimos 3 kilómetros han estado marcados por un intenso dolor a lo largo de toda la pierna derecha. Al final una hora de recorrido cuando no hace demasiado empleaba 46 minutos. Moralmente ha sido duro. Decepcionante. Me pregunto si hago bien en seguir corriendo mientras el fantasma del abandono definitivo merodea por mis cercanías. De momento prefiero hacer caso a mi amigo David, sobreponerme a las adversidades, y dar continuidad a la actividad pedestre con el fin de fortalecer mi tren inferior y así mitigar el sufrimiento. Pienso en comprar una bicicleta de spinning y realizar la actividad en casa pero no acabo de verlo claro. Para ello necesito una buena dosis de disciplina y ya sabemos que de eso no ando muy sobrado que digamos.Me ha parecido deleznable la acción terrorista en Boston, una ciudad con la que tengo ciertos vínculos sentimentales. Me parece absurda la ignominia humana, pero no logro sacar de mi cabeza la imagen en Siria de un padre llevando en brazos el cadáver de su hijo de 10 años. Pudiera ser Óliver, y sin embargo nadie repara en él. El ser humano es deleznable.
Va pasando el día y la recuperación de la pierna ha sido milagrosa. Ahora no padezco ningún dolor y mi estado de ánimo me empuja a volver a correr mañana. Espero que sea así...
El calor, uno de mis mayores enemigos, está atacando con toda su virulencia. Espero la bajada de temperaturas de mañana como agua de mayo.
domingo, 14 de abril de 2013
REENCUENTRO FURTIVO
Mucho tiempo sin pasar por mi rincón favorito. Podría referir mil excusas aunque ninguna válida porque parte de mi terapia para no perder la senda elegida fue escribir en esta bitácora todos los días. Soy muy dado a refugiarme en subterfugios vanos que no hacen sino esconder mis inseguridades, pero al contrario que en otras ocasiones, vuelvo y sé que es para no irme jamás.Han sido estas dos semanas muy intensas en el plano de los negocios y cierto es que comienzan a vislumbrarse los triunfos por los que tanto he luchado. Esa batalla feroz ha ido dejando huellas en mi cuerpo pero es así el modo en el que curtimos la vida. Mentalmente me he fortalecido mucho pero he tenido ataques inesperados que han dejado mi reserva de energías bajo mínimos. Es ahora el momento en el que debo tomar un respiro y preparar bien la batalla final.
En cuanto al estilo saludable de vida que llevo por bandera desde comienzos de año, parece que se va consolidando y con algún que otro traspié habitual los fines de semana, llevo a rajatabla los desayunos plenos de frutas y cereales, así como la ausencia de Cocacola y bebidas carbohidratadas en general. Apenas pruebo el pan y los fritos han desaparecido totalmente de mi dieta. En el debe mencionaría que las cenas no acaban de ser lo frugales que deberían y que los fines de semana doy rienda suelta a mi imaginación desbordante y lujuriosa cometiendo pequeños excesos que en nada me benefician pero al fin y al cabo, qué sería de la vida sin esas licencias pecaminosas.
Sigue siendo el deporte mi talón de Aquiles. No salgo a correr más allá de una o dos veces por semana y eso lastra mi recuperación mental plena. Trato de encontrar un deporte que me apasione para entremezclarlo con las sesiones de jogging pero no logro resultados reales. Siento la llamada de la montaña con toda su plenitud pero no se dan las circunstancias adecuadas y con la próxima marcha a Guinea en el horizonte, necesitaría reorganizar este aspecto tan crucial de mi existencia.
jueves, 4 de abril de 2013
DISCIPLINA
Ayer sufrí una pequeña crisis relacionada con mis nuevos (ya no tanto) hábitos alimenticios. Y es que después de más de tres meses comiendo una dienta muy equilibrada y habiendo suprimido vicios como la CocaCola, pan, frituras y cenas copiosas, el resultado obtenido en la báscula es desalentador. Tengo que decir que este invierno es, con diferencia, el período más largo que menos deporte he hecho en los últimos veinte años y eso es un dato demoledor. Si el año pasado fue mi prolongado ataque de gota, este año achaco tal deficiencia a mi estado mental y la crudeza de este invierno, aunque el primer dato es el más significativo. Por más que lo intento, no logro encontrar la regularidad que me lleve a realizar 4 ó 5 días de actividad deportiva a la semana y con la edad que tengo cada vez va a ser más difícil retomar el estado de forma que lucía hace no demasiado tiempo.
Momentos breves de angustia seguidos por cargas de conciencia que lastran más mi existencia. Cuando parece que todo se despeja, siempre aparece en el horizonte un nubarrón que enturbia mi paz interior. Es como una maldición que se fija a mi alma y tiene pinta de no abandonarme nunca.
Tras una animada charla con mi amigo David, esta mañana he salido a correr. Pese al barro, pese a los terribles dolores en la pierna derecha, pese a las pocas ganas iniciales, he conseguido acabar el recorrido y aunque ahora mis piernas apenas me tienen en pie, me siento dichoso. Es bonito vencer tus miedos y saber que eres más fuerte que ellos.
Momentos breves de angustia seguidos por cargas de conciencia que lastran más mi existencia. Cuando parece que todo se despeja, siempre aparece en el horizonte un nubarrón que enturbia mi paz interior. Es como una maldición que se fija a mi alma y tiene pinta de no abandonarme nunca.
Tras una animada charla con mi amigo David, esta mañana he salido a correr. Pese al barro, pese a los terribles dolores en la pierna derecha, pese a las pocas ganas iniciales, he conseguido acabar el recorrido y aunque ahora mis piernas apenas me tienen en pie, me siento dichoso. Es bonito vencer tus miedos y saber que eres más fuerte que ellos.
lunes, 1 de abril de 2013
LECCIÓN DE VIDA
La noche del sábado sucedió algo que no deja de darme vueltas en la cabeza y cada vez estoy más convencido de que es una señal proveniente de mi hada madrina.
Tras desembalar y recoger todo el equipaje del período estival, el terror se apoderó de mí al comprobar que habíamos dejado olvidado el cargador del Ipad en la casa de la playa y comencé a despotricar y lamentarme de mi perra suerte (un cúmulo de pequeñas desgracias tecnológicas sufridas durante las vacaciones me llevaron a este estado). Mi familia me miraba entre atribulada y divertida ya que reconozco que me pongo muy cómico en estas circunstancias. Tras un largo período de enfurruñamiento, las aguas fueron volviendo a su cauce y traté de relajarme viendo un rato la TV junto a mi mujer. Como no teníamos más intención que preparar el sueño reponedor, nos decantamos por el gran debate de Tele 5, presentado por Jordi González. Entrevistaba al actor de TV Eduardo Gómez, pero no por un asunto relacionado con alguna serie televisiva ni nada parecido. Eduardo conoció hace 10 años a Alfonso, un muchacho al cuál le detectaron un cáncer a los 11 años y desde entonces hasta ahora que tiene 23, lucha denodadamente por sobrevivir en unas condiciones muy precarias. A continuación presentaron al bueno de Alfonso y a sus padres. Encomiable la fuerza y el optimismo que desprendía toda la familia ante un drama de tamaña envergadura que no se detenía en la salud de Alfonso. Mónica, su hermana, padecía una parálisis cerebral que la mantenía postrada en una silla de ruedas en un estado vegetativo. La razón más importante a la que se aferraba Alfonso para seguir luchando era poder ayudar a su hermana y de este modo aliviar en lo posible la carga de sus padres. Sin palabras. Sin aliento. Mi garganta se quedaba seca mientras mis ojos trataban de vislumbrar algo entre tanta lágrima. Jordi González le preguntó a Alfonso cómo se encontraba. Éste, visiblemente cansado y amarrado a una máquina de oxígeno que trataba de insuflarle bocanadas de aire minadas por una neumonía agarrada en urgencias, le espetó con un lacónico bien. Qué remedio. Jordi González espetó: "y pensar que hay gente que sufre porque ha perdido el cargador del móvil..." Me quedé paralizado. Nunca antes recibí una lección tan fulminante y como San Agustín, caí de mi caballo y la vergüenza no me permitía incorporarme. Era un vil gusano presa de mi propio egoísmo. El resto de la entrevista fue un canto al amor incondicional, a la lucha del hombre por sobrevivir movido por sentimientos puros.
Esa noche tan solo el cansancio me venció. Me desperté con una actitud más positiva, tratando de relativizar los mil estúpidos problemas que lastran nuestra feliz existencia. Miré a mis hijos todavía dormidos y me sentí el hombre más afortunado del mundo.
El día fue transcurriendo sin sobresaltos, con ganas de disfrutar cada minuto como si fuera el último. Me fui con mis retoños a realizar unas compras de última hora en un centro comercial cercano y fue mientras regresábamos a casa que mi hijo Oliver sacó el maldito cargador del Ipad de debajo de la silla de su hermano. No esconderé que me produjo una honda alegría aunque traté de no mostrarme muy eufórico. Le pregunté si había sido él quien lo había dejado allí negándolo con vehemencia. Una vez en casa, mi mujer juró por todos los santos que ella no había tocado el cargador pero nos miramos a los ojos y ambos sentimos que algo especial había sucedido. Si no fuera porque ya ha pasado un día, juraría que antes de entrar en el coche vi una sombra merodearlo. Pienso en el rostro noble de Alfonso y me da una punzada en el pecho. Creer, no creo en meigas...
Tras desembalar y recoger todo el equipaje del período estival, el terror se apoderó de mí al comprobar que habíamos dejado olvidado el cargador del Ipad en la casa de la playa y comencé a despotricar y lamentarme de mi perra suerte (un cúmulo de pequeñas desgracias tecnológicas sufridas durante las vacaciones me llevaron a este estado). Mi familia me miraba entre atribulada y divertida ya que reconozco que me pongo muy cómico en estas circunstancias. Tras un largo período de enfurruñamiento, las aguas fueron volviendo a su cauce y traté de relajarme viendo un rato la TV junto a mi mujer. Como no teníamos más intención que preparar el sueño reponedor, nos decantamos por el gran debate de Tele 5, presentado por Jordi González. Entrevistaba al actor de TV Eduardo Gómez, pero no por un asunto relacionado con alguna serie televisiva ni nada parecido. Eduardo conoció hace 10 años a Alfonso, un muchacho al cuál le detectaron un cáncer a los 11 años y desde entonces hasta ahora que tiene 23, lucha denodadamente por sobrevivir en unas condiciones muy precarias. A continuación presentaron al bueno de Alfonso y a sus padres. Encomiable la fuerza y el optimismo que desprendía toda la familia ante un drama de tamaña envergadura que no se detenía en la salud de Alfonso. Mónica, su hermana, padecía una parálisis cerebral que la mantenía postrada en una silla de ruedas en un estado vegetativo. La razón más importante a la que se aferraba Alfonso para seguir luchando era poder ayudar a su hermana y de este modo aliviar en lo posible la carga de sus padres. Sin palabras. Sin aliento. Mi garganta se quedaba seca mientras mis ojos trataban de vislumbrar algo entre tanta lágrima. Jordi González le preguntó a Alfonso cómo se encontraba. Éste, visiblemente cansado y amarrado a una máquina de oxígeno que trataba de insuflarle bocanadas de aire minadas por una neumonía agarrada en urgencias, le espetó con un lacónico bien. Qué remedio. Jordi González espetó: "y pensar que hay gente que sufre porque ha perdido el cargador del móvil..." Me quedé paralizado. Nunca antes recibí una lección tan fulminante y como San Agustín, caí de mi caballo y la vergüenza no me permitía incorporarme. Era un vil gusano presa de mi propio egoísmo. El resto de la entrevista fue un canto al amor incondicional, a la lucha del hombre por sobrevivir movido por sentimientos puros.Esa noche tan solo el cansancio me venció. Me desperté con una actitud más positiva, tratando de relativizar los mil estúpidos problemas que lastran nuestra feliz existencia. Miré a mis hijos todavía dormidos y me sentí el hombre más afortunado del mundo.
El día fue transcurriendo sin sobresaltos, con ganas de disfrutar cada minuto como si fuera el último. Me fui con mis retoños a realizar unas compras de última hora en un centro comercial cercano y fue mientras regresábamos a casa que mi hijo Oliver sacó el maldito cargador del Ipad de debajo de la silla de su hermano. No esconderé que me produjo una honda alegría aunque traté de no mostrarme muy eufórico. Le pregunté si había sido él quien lo había dejado allí negándolo con vehemencia. Una vez en casa, mi mujer juró por todos los santos que ella no había tocado el cargador pero nos miramos a los ojos y ambos sentimos que algo especial había sucedido. Si no fuera porque ya ha pasado un día, juraría que antes de entrar en el coche vi una sombra merodearlo. Pienso en el rostro noble de Alfonso y me da una punzada en el pecho. Creer, no creo en meigas...
CLAROSCUROS
De nuevo sentado frente al teclado del Imac. Las vacaciones han finalizado. Anoche regresamos de pasar unos días relajantes junto al mar. Y bien que lo han sido. Ayer pasamos de poner el aire acondicionado en el coche por el calor asfixiante a sacar a pasear a Lua con el abrigo en tan sólo cuatro horas. Me gustan estos contrastes en tan corto espacio de tiempo.
Estos días pasados han sido más fructíferos de lo que había supuesto en un principio. Mi mente ha venido en un estado de relajación idóneo para afrontar estos días en los que se va a decidir el proyecto vital de Guinea. He disfrutado viendo a mis hijos jugar en la playa y he rememorado aquellas semanas santas en Calafell. He corrido junto a la orilla del mar sintiendo como mi mermada energía recuperaba valores casi olvidados y encima me he llevado el regalo de ver tres estupendas películas que han supuesto una agradable sorpresa. "Ascensor para el cabildo", "El trompetista" y "La senda tenebrosa" forman parte ya de ese elenco de películas dignas de ser revisionadas de por vida. Mención especial merece Laurent Bacall. No es de este mundo la belleza de esta mujer. Puede pasar de la peor de las femme fatale a la más entregada e inocente de las amantes en un suspiro. Y su mirada... Enigmática como la sonrisa de Mona Lisa. Nunca sabes si te está fulminando o adorando con ella.
Lunes y vuelve el desánimo. Hoy puede ser un día duro. Muy duro. Trataré de sobrellevarlo con dignidad...
El día está transcurriendo mejor que lo pensado inicialmente. He ido capeando uno a uno los miuras que iban saliendo al ruedo y el proyecto de Guinea está más próximo que nunca. No puedo cantar victoria pero las piezas del rompecabezas van encajando.
Estos días pasados han sido más fructíferos de lo que había supuesto en un principio. Mi mente ha venido en un estado de relajación idóneo para afrontar estos días en los que se va a decidir el proyecto vital de Guinea. He disfrutado viendo a mis hijos jugar en la playa y he rememorado aquellas semanas santas en Calafell. He corrido junto a la orilla del mar sintiendo como mi mermada energía recuperaba valores casi olvidados y encima me he llevado el regalo de ver tres estupendas películas que han supuesto una agradable sorpresa. "Ascensor para el cabildo", "El trompetista" y "La senda tenebrosa" forman parte ya de ese elenco de películas dignas de ser revisionadas de por vida. Mención especial merece Laurent Bacall. No es de este mundo la belleza de esta mujer. Puede pasar de la peor de las femme fatale a la más entregada e inocente de las amantes en un suspiro. Y su mirada... Enigmática como la sonrisa de Mona Lisa. Nunca sabes si te está fulminando o adorando con ella.Lunes y vuelve el desánimo. Hoy puede ser un día duro. Muy duro. Trataré de sobrellevarlo con dignidad...
El día está transcurriendo mejor que lo pensado inicialmente. He ido capeando uno a uno los miuras que iban saliendo al ruedo y el proyecto de Guinea está más próximo que nunca. No puedo cantar victoria pero las piezas del rompecabezas van encajando.
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