Sentado en la terraza junto al mar mientras escucho a Joe Lovano, podría pensar que estoy en el paraíso pero lo cierto es que me siento triste y atribulado. Hace un día fantástico y veo pasar a mucha gente corriendo junto a la orilla del mar y pienso, ¿qué me ha pasado en este año? ¿He abandonado definitivamente el hábito del jogging mañanero? En los últimos meses han sido contadas las ocasiones en las que me he enfundado las mallas y las zapatillas y he salido al parque ha cultivar mis piernas y mi mente. Si hago un ejercicio concienzudo de memoria diría que no han sido veinte las veces que he sudado con denuedo por los senderos de Parque Polvoranca y los días que he logrado vencer la desmotivación, he sufrido terribles dolores en la pierna derecha, provocando una nueva excusa en una interminable lista a la que recurro con frecuencia.
Y ahora veo pasar a todos estos deportistas y siento envidia y pena. La cuestión es saber ahora si estoy a tiempo de recuperar de nuevo la forma y, sobre todo, la fortaleza mental. El otro día charlando con mi amigo Borja, hablábamos acerca de la eterna juventud, tema este que obsesiona a mi buen amigo. Borja predica con el ejemplo y combina una dieta ausente totalmente de sustancias "nocivas" como grasas, dulces industriales y demás perversiones gastronómicas, con ejercicio continuado. Afirma que el cuerpo está diseñado para vivir al menos 200 años y que somos los humanos los que lo estropeamos con una ausencia total de cuidados logrando aminorar drásticamente la vida útil de tan perfecta máquina.Sin llegar a los extremos de mi buen amigo, una buena puesta a punto y mantenimiento de nuestro envoltorio, redunda directamente en la calidad y longevidad de nuestra existencia.
Aprovechando que mi mujer se ha despertado y puede quedarse a cargo de mis queridos monstruos, me voy a correr descalzo a la playa.
Tras soltar una retahíla de excusas, poner mil impedimentos y remolonear como un oso ante un tarro de miel, al fin me puse la camiseta y con los pies descalzos, al estilo keniata, estuve durante una hora corriendo junto al mar. Conclusiones podría sacar mil, pero una destaca sobre todas: ¡SOY GILIPOLLAS! No se puede explicar de otro modo que reniegue de uno de los mayores placeres de la vida como es correr, que además me reporta grandes dosis de vitalidad y una lucidez mental imposible de lograr en circunstancias normales. Si además corro por la orilla del mar, con una temperatura agradable y en compañía de buena música, renunciar a ello debería estar penado con la horca.
Ver disfrutar a mis hijos jugando en la playa me relaja más que la misma brisa marina, y un baño en las templadas aguas mediterráneas han sido el bálsamo perfecto para afrontar una semana que presumo agitada.
Cuando los hados se juntan y hacen de las suyas, todo va rodado. Tras una jornada familiar relajante, un chuletón gallego y una siesta reponedora, todo parecía truncarse de noche cuando tras dar buena cuenta de una ensalada desengrasante, el panorama televisivo se presentaba desolador. Antes de decidir abandonarme al lecho para dar un bocado a "La elegancia del erizo", decidí husmear por las tripas del Ipad y, para mi sorpresa, advertí en la videoteca un par de títulos que tenía pendiente desde hacía tiempo. Comencé con cierta desgana con "Ascensor para el cadalso" y desde la primera escena me vi atrapado por una trama original y muy bien llevada, pero sobre todo por una banda sonora impecable. El gran Miles Davis nos regala una serie de temas jazzísticos impagables que además se integran perfectamente con la línea argumental del film. Tan excitado estaba con lo que acababa de presenciar que pese a haber pasado la medianoche, no tenía ni atisbo de sueño con lo que ataqué con denuedo el segundo título de la noche: "El trompetista" de Michael Curtiz. No daba crédito a lo que estaba viendo. Kirk Douglas, en uno de los mejores papeles de su carrera, daba vida a un genial trompetista de jazz que, cómo no, sucumbe a las garras del alcohol. Grandes temas musicales, espléndida fotografía y mi debilidad en forma de femme fatale: Lauren Bacall. La frialdad que derrite hasta el acero. Hermosa como pocas veces la he visto. Arrebatadoramente odiosa. Hermosa...
Dos películas en torno a una trompeta. Dos regalos inesperados que compensan sinsabores pasados. Un día perfecto...







