Hace un par de años, mientras me dirigía al colmado de al lado de casa, me percaté de la presencia de una pareja de adolescentes que charlaban animadamente mientras contemplaban el escaparate de la papelería de Conchi.
- Joder, qué mochilas más molonas.
-Ya te digo.
- Anda, mira, libros.
- Ya.
- Yo nunca he leído ninguno... ¿Y tú?
- Ya te digo...
Se abrazaron y siguieron su camino hacia la estación del cercanías ante mi lánguida mirada. Esa conversación se me quedó grabada a fuego y durante muchos días revoloteó por mi subconsciente como un pájaro de mal agüero.
Hoy en el lugar de la papelería de Conchi malvive una pastelería de tercera con ínfulas de alta repostería y aquellos libros que dormitaban en el escaparate habrán acabado devueltos en un almacén perdido de algún distribuidor literario deseoso de vender su mercancía a peso al primer osado que le apriete unos cuantos euros.
Viene todo esto a cuento por la charla que mantuvo ayer Pérez Reverte con sus fieles seguidores del bar de Lola en la que se lamentaba de los pobres resultados obtenidos en una oposición por unos cuantos profesores, teóricos responsables de la educación de nuestros patrios infantes. La triste conclusión de toda esta perorata es que el nivel educativo español está bajo mínimos y pese a nuestra sempiterna cantinela de echar toda la culpa a nuestros políticos, la realidad es que todos los estamentos que componen nuestra sociedad están impregnados de una incultura supina de la que todos somos culpables.
Cuando una sociedad toma partido en las truculentas experiencias vitales de Belén Esteban o Paquirrín, provocando encendidos debates en todo tipo de foros pero desconoce quienes son un tal Kipling, Bernard Shaw o Carlos Fuentes; cuando al evocar el apellido Ortega nos viene a la cabeza un futbolista alcohólico o un magnate gallego pero nos suena a chino un tal Ortega y Gasset; cuando para nosotros música es Bisbal, la Oreja de Van Gogh o los Pig Noise, y sin embargo Wayne Shorter, Charlie Parker o James Taylor deben ser estrellas rutilantes de alguna franquicia de la NBA, todo está perdido. La única solución posible sería una destrucción total y violenta del sistema establecido y una vuelta a los orígenes partiendo de cero.
¿Quienes son los culpables de esta situación de empobrecimiento desatado de la cultura general en este país? Todos. Absolutamente todos. Empezando por nuestros ignotos políticos, los cuales, embebidos por un sistema educativo proyectado para generar vagos incultos que aseguren la perpetuidad de la especie chupóptera, acaban contagiados de esa atmósfera vulgar y acomodada. Los políticos de antaño buscaban igualmente ese sometimiento cultural pero al menos ellos tomaban las medidas pertinentes para mantener su nivel educativo a un nivel superior al de sus fieles votantes. Pero hoy en día estamos regidos por borregos como nosotros. ¿Alguien vio el otro día por la caja tonta el discurso atropellado y lleno de sinsentidos que profirió toda una vicepresidenta nacional tratando de parapetarse de las acusaciones de connivencia con su lisonjero tesorero? El patetismo más crudo llevado a la máxima expresión. El vivo retrato de una sociedad que no lee, que no repasa a sus sabios ancestros, que se ha visto sodomizada por la dictadura catódica de la subcultura vendida como arte alternativo.
Que Rajoy, Cospedal, Rubalcaba o Llamazares sean nuestros representantes más cualificados, no es culpa de ellos sino nuestra, que víctimas de tanta información sesgada, fiamos nuestro voto al primer ignorante que hablando nuestro mismo idioma, goza de una neurona más con la que hacernos la cama en cuanto se acomode en su poltrona. Tenemos lo que nos merecemos y si somos un país de golfos y sinvergüenzas es porque todos en un modo u otro, aspiramos a tamañas vilezas pese a que nos desgañitamos a diario ante tanta desfachatez, más por no poder ocupar su lugar que por el reprobable hecho en sí.
Y, claro, no pensamos en las consecuencia inmediatas de ese grado supino de ignorancia. Y se me ocurre, por ejemplo, el caso del robo sistemático y legal que el gobierno chipriota va a hacer contra sus ciudadanos y muchos de ellos votantes. Esta jauría de ineptos ha decidido que para tapar sus excesos y errores de antaño van a tomar prestados los ahorros de los sufridores de tales desmanes sin consultarles previamente ni agradecerles tan encendida generosidad. Y viene a cuento porque cuando la lumbrera de Guindos, nuestro ministro en esto del pecunio, afirma contundentemente que el caso chipriota en ningún caso es extrapolable al panorama español, es cuando me echo a temblar y cuento los meses, si no las semanas en los que los chorizos nacionales echarán mano a nuestros ahorros para encubrir sobres, prebendas y demás arreglillos en mor del bien nacional que han lastrado terriblemente nuestra economía. Y eso, en una sociedad formada y versada, no tendría cabida. Y si así lo fuere, no tardarían en asomar por parques y plazas públicas guillotinas, horcas y demás instrumentos disuasorios que se encargarían de recordar a los politicastros de dónde vienen y a dónde van, datos estos que olvidan con frecuencia. Si en vez de prestar atención a tertulias de Ramoncines, Condes o Sardás invirtiéramos ese precioso tiempo en leer a Sartre o Camus, no consentiríamos las tropelías a las que nos somete diariamente la clase dirigente pero ya se encargan bien ellos de que no nos falte nuestra ración de saltos de trampolín, cámaras ocultas o tertulias verbeneras al amparo de una buena merienda. Eso sí. Ustedes no se nieguen a tal sometimiento, no sea que un día les de por ver una película de Billie Wilder, o leer algo de Kafka y caigan deslumbrados por el poder cegador de la verdad. Ese shock es difícil de digerir. Y no se olviden. Vayan a votar cuando corresponda, no sea que la furia divina caiga sobre ustedes con ira y denuedo, convirtiéndoles en estatuas de sal, o peor aún, en ciudadanos españoles y olé.

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