Al final sí que fui a correr y como cada vez que lo hago últimamente me lamenté de no salir más a menudo. De nuevo la reconfortante sensación de tener controlado tu cuerpo a través de la mente, el frío intenso pegado a mi rostro henchido de felicidad. A lo largo del día mis piernas doloridas se quejaban pero con la satisfacción del deber cumplido. Vuelta a la rutina que resultó más fructífera de lo que pensaba.

Mi hermana Pi nos ha visitado este fin de semana. Disfruto viendo cómo la quieren mis hijos, como saborean estos dos días como si fueran los últimos de su existencia. Esa paz familiar que tantos años me costó encontrar, al final aparece y es un néctar de dioses.
Anoche no cené y pese a que la báscula no ponga mucho empeño en darme la razón, me encuentro cada vez mejor y mi cabeza responde con inusitada agilidad a todos los contratiempos que no hace mucho me sumían en un estado depresivo.
La lluvia sigue acompañándonos manteniendo mis constantes vitales por encima de la media habitual y pese a que hoy no me encuentro en disposición de explayarme a gusto, que no falte nunca mi terapia...
Leyendo la entrevista que le hacen a Kepa Acero los de Jot Down, siento que mi espíritu se libera por unos instantes del yugo de la rutina y vuelo a Alaska donde los salmones son grandes como delfines y el peligro tiene forma de garras de oso. Qué gran tipo este Kepa Acero. Qué ser tan afortunado al poder manejar su destino con la misma destreza que la tabla de surf. Los viajes son la mejor universidad que existe. Esta es la lección más importante que quiero inculcar a mis hijos y espero que la tomen con todas sus consecuencias. ¿Qué precio le ponemos a nuestra libertad? Levantarse, mirar al frente, sentir que esta etapa ha finalizado y coger tus escasas pertenencias hacia tierras salvajes... O el sueño de un ser atormentado.
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