jueves, 25 de septiembre de 2014

LIMPIEZA COMPULSIVA

Desde hace días noto que mi MacBook Pro va lento cual PC ponzoñero y eso es algo que me saca de mis casillas. Entrar a visitar a un cliente poderoso, sacar tu Mac Book reluciente del maletín de cuero repujado. Abrir silenciosamente su tapa, encender y... esperar. Dios, qué contrasentido más incómodo. Ni qué decir tiene cuando comienzas a abrir el correo o el explorador de Internet y no sabes dónde posar la mirada mientras los segundos se convierten en minutos y tu cliente te mira de refilón con una sonrisa de medio lado. Tanto Mac para nada...Y entonces me quiero morir. O lo que es peor. Quiero reventar el jodido portátil contra la pared pero mi decoro británico me obliga a forzar una sonrisa falsa acompañada de un chascarrillo acerca de tito Jobs, Dios lo tenga en su gloria.
Después de bucear por los insondables y procelosos océanos de Google, llego a la conclusión de que lo que le pasa a mi ordenador es lo mismo que al armario de los juguetes de mi hijo: que está lleno de mierda, y las pocas cosas que son aprovechables, están mezcladas con ponzoña informática. Nada que un buen lavado y peinado no pueda solucionar. Y como estamos en crisis, nada de spa o peluquería. Desde el confort del hogar, le aplico una buena dosis de Onyx, le seco bien con el CleanmyMac para aplicarle unas cremas de permisos de disco y, voilá, mi MacBook vuelve a brillar en todo su esplendor. Rápido como una centella, poderoso y bello...

A mí me pasa algo parecido. Cuando estoy sucio y desmadejado, parece que pierdo toda mi fuerza. Soy incapaz de funcionar a pleno rendimiento y una sensación de desazón me invade. La solución es fácil y placentera. Una buena ducha reparadora con cinco minutos dejando que el agua se deslice por encima de mi cabeza para ir empapando todo el cuerpo. Enjabonar desde el cuello a los pies frotando con fruición en las partes visiblemente más sucias para ver como el agua se tiñe de amarillo suero. Una vez seco y masajeado, tengo dos opciones dependiendo de la época del año: en invierno me embadurno en mi albornoz, me tumbo en mi sillón Woden y pongo "Cantando bajo la lluvia" mientras disfruto de un ColaCao hirviendo. En verano, con un short y una camiseta y el pelo húmedo, doy un largo paseo con Lúa mientras mis músculos van tornándose tersos. Y así vuelvo a ser el de siempre.

Pese a soportar la misma mierda, la limpieza nos ayuda a llevarla con dignidad.

sábado, 6 de septiembre de 2014

PARADOJAS DE LA VIDA

Mariano Rajoy preside un país de más de cuarenta millones de habitantes, que según él, es uno de los países acomodados del mundo.
Cuando Mariano Rajoy se dirige a sus compatriotas, las más de las veces lo hace desde una pantalla catódica, nos cuenta su versión de los hechos y nos asegura que somos la hostia, que si seguimos sus directrices como borreguitos, seremos un país próspero. Cuando habla se dirige a sus súbditos con términos de macroeconomía, declares bursátiles, de la rentabilidad del IBEX 35, de entramados de fiscalidad, de stock options, de ritmo salarial moderadamente sostenido, de pensiones estables... No se le entiende un carajo y lo peor es que creo que el tampoco se entera de lo que dice.
Rajoy protege y ampara a los corruptos, a los enemigos de eso que él llama patria y dice defenderla a muerte. Y los encubre porque las más de los veces son compadres suyos, y en el fondo le importa una mierda que su país se vaya al carajo siempre y cuando todo siga igual.
Mariano Rajoy va embutido en trajes caros que no disimulan su cara de bobalicón y su tufo a embustero.

José Múgica preside un pequeño país de algo más de tres millones de habitantes, y pese a que sabe que no son ninguna potencia económica, hace sentir felices a sus ciudadanos porque les inculca el sabio dicho que no es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita.
Cuando José Múgica se dirige a sus ciudadanos les habla a la cara, mirándoles a los ojos. Les dice que la cosa está jodida pero les alienta a que sean mejores seres humanos, a que sepan ser solidarios, a compartir, a respetar. Les habla de amor, de felicidad, de hijos, amigos, de paciencia. Y, ¿saben qué? Se le entiende clarito clarito. Y me convence. Y me hace pensar que todavía hay esperanza.
José Múgica se caga en la reputa madre del que desde sus posiciones de privilegios trate de enriquecerse vilmente con el dinero que tanto cuesta ganar a los sufridos contribuyentes. Y los persigue. Y los acosa. Y les hace devolver todo mientras se pudren en la peor de las cárceles. Porque José Múgica ha sido toda su vida un hombre de la calle sin privilegios. Un currante. Y ahora por ser presidente no tiene porqué cambiar.

José Mújica viste prendas humildes, tanto como su casa. No necesita una Moncloa para vivir. Pero es un tipo grande. Y sabio. Y eminentemente bueno.


Y sí, uno preside un país fuerte y poderoso donde sus gentes se desangran por una corrupción galopante y la falta de trabajo. Un país triste.

El otro preside un país chiquito pero feliz. Orgulloso de ser buena gente. Solidario y respetuoso. Algo tendrá que ver su presidente...

ADOLESCENCIA

Criar a un adolescente es algo tan difícil como ser adolescente. ¿Y quién nos enseña a hacer ambas cosas? Nadie. Ambas etapas son un grano en el culo que debemos sufrir, unos en silencio y otros entre quejas lastimeras reconocibles a millas de distancia.
La adolescencia es esa etapa hermosa donde Mariví te regala un día una versión gastada de "Cien años de soledad" con una dedicatoria en su primera página apenas legible, y las desnudas murallas de Macondo te acogen en un mundo hasta ahora desconocido donde "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo."
Adolescencia es derribar el mito de aquel super héroe todopoderoso que era tu padre para pasar a ser un bulto sospechoso, censor y toca pelotas que solo sirve para sufragar tus incontables gastos.
Adolescencia es disfrutar un amanecer junto a Luisa en aquella playa donde hace un par de años levantabas castillos bajo la atenta mirada de tu madre, esa que ahora se avergonzaría al ver como intento besar a Inés entre tanta belleza.
Adolescencia es volverte inmortal e invencible. Nada nos detiene. Nadie nos comprende. El ejército de posters que jalonan nuestra morada nos dotan de un círculo de fuerza que nadie puede franquear.
Adolescencia es no poder comer desde que Yolanda cortó conmigo. Esa inmortalidad y fuerza todopoderosa se derrumba de un plumazo ante el rechazo del amor de mi vida. Ya no habrá otra como ella. Y encima me dicen que la han visto besarse con Carlos el mismo día que me destrozó el corazón en mil pedazos.
Adolescencia es comprender a Hermann Hess. Deborar en una noche insomne "Shiddarta" y discutir con tu profesor de filosofía porque no deja leer en clase "El lobo estepario". Puto nazi inquisidor.
Adolescencia es vibrar con "Los Nickis" en un concierto clandestino mientras besas furtivamente a Olga, para acabar durmiendo en un garage público escondidos de las garras del vigilante de turno. Mamá piensa que estoy plácidamente en casa de Fernando. O no lo piensa.
Adolescencia es no.
Adolescencia es robar los discos de Bob Dylan a tu padre y descubrir que te ha estado mintiendo todos estos años con su historia barata del mundo del arco iris. "How many roads must a man walk down, before they call him a man, how many seas must a white dove sail, before she sleeps in the sand, how many times must the cannonballs fly, before they are forever banned, the answer my friend is blowing in the air."
Adolescencia es derribar murallas sin pensar en las consecuencias. Correr, abrir, ver, descubrir y seguir corriendo.

MALDITA PEREZA

La pereza es esa compañera que lleva toda la vida a tu lado y pese a que te causa un rechazo irrefrenable, no puedes quitártela de encima. Se pega a tu nuca y sientes su aliento nauseabundo alrededor. Tratas de darle esquinazo pero es rápida la jodida. E implacable. Alguna vez he llegado a casa, la he mirado fijamente a los ojos y le he dicho: "tenemos que hablar". Pero no sirve de nada. A la mañana siguiente al despertar, allí está ella con sus largos tentáculos y su inmensa mole pegada a mí, con esa sonrisa bobalicona que parece decir, ¿quieres que me vaya? Pues te jodes...
¿Has pensado en matarla? No es mala idea, pero no sé dónde haría desaparecer el cadáver. Tengo muy mala suerte y seguro que alguien lo descubriría en el fondo de una ciénaga y la resucitaría, y volvería a encontrármela tumbada a mi lado con su aliento denso y su mirada lánguida.