sábado, 6 de septiembre de 2014

PARADOJAS DE LA VIDA

Mariano Rajoy preside un país de más de cuarenta millones de habitantes, que según él, es uno de los países acomodados del mundo.
Cuando Mariano Rajoy se dirige a sus compatriotas, las más de las veces lo hace desde una pantalla catódica, nos cuenta su versión de los hechos y nos asegura que somos la hostia, que si seguimos sus directrices como borreguitos, seremos un país próspero. Cuando habla se dirige a sus súbditos con términos de macroeconomía, declares bursátiles, de la rentabilidad del IBEX 35, de entramados de fiscalidad, de stock options, de ritmo salarial moderadamente sostenido, de pensiones estables... No se le entiende un carajo y lo peor es que creo que el tampoco se entera de lo que dice.
Rajoy protege y ampara a los corruptos, a los enemigos de eso que él llama patria y dice defenderla a muerte. Y los encubre porque las más de los veces son compadres suyos, y en el fondo le importa una mierda que su país se vaya al carajo siempre y cuando todo siga igual.
Mariano Rajoy va embutido en trajes caros que no disimulan su cara de bobalicón y su tufo a embustero.

José Múgica preside un pequeño país de algo más de tres millones de habitantes, y pese a que sabe que no son ninguna potencia económica, hace sentir felices a sus ciudadanos porque les inculca el sabio dicho que no es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita.
Cuando José Múgica se dirige a sus ciudadanos les habla a la cara, mirándoles a los ojos. Les dice que la cosa está jodida pero les alienta a que sean mejores seres humanos, a que sepan ser solidarios, a compartir, a respetar. Les habla de amor, de felicidad, de hijos, amigos, de paciencia. Y, ¿saben qué? Se le entiende clarito clarito. Y me convence. Y me hace pensar que todavía hay esperanza.
José Múgica se caga en la reputa madre del que desde sus posiciones de privilegios trate de enriquecerse vilmente con el dinero que tanto cuesta ganar a los sufridos contribuyentes. Y los persigue. Y los acosa. Y les hace devolver todo mientras se pudren en la peor de las cárceles. Porque José Múgica ha sido toda su vida un hombre de la calle sin privilegios. Un currante. Y ahora por ser presidente no tiene porqué cambiar.

José Mújica viste prendas humildes, tanto como su casa. No necesita una Moncloa para vivir. Pero es un tipo grande. Y sabio. Y eminentemente bueno.


Y sí, uno preside un país fuerte y poderoso donde sus gentes se desangran por una corrupción galopante y la falta de trabajo. Un país triste.

El otro preside un país chiquito pero feliz. Orgulloso de ser buena gente. Solidario y respetuoso. Algo tendrá que ver su presidente...

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