domingo, 24 de marzo de 2013

BEBO ETERNO

Acabo de enterarme de la muerte de Bebo Valdés y he sentido como una sonrisa se ensanchaba en mi cara. Sé lo que me digo. Siempre que oigo algo del genio cubano, lo que sea, se me abre la mayor de las sonrisas. Y la muerte no deja de ser otro dato más que añadir a la biografía del hombre que era capaz de hacer sonreír a un piano. Porque Bebo era bondad, era alegría y arte. Un arte refinado y rebelde. Su modo de entender la música le fluía con una naturalidad desbordante y transmitía esa alegría cubana que deja el son por sus ojos y por sus manos acariciando las teclas del piano.

La biografía de Bebo es fascinante, como lo es su forma de tocar. Tuvo que salir de su amada Cuba casi a los tiros por no querer aceptar el régimen castrista. Dejó allí cinco hijos y la madre de éstos. Seguro que aquí fue el único momento en su vida en el que se apagó la alegría. Acabó viviendo en Suecia donde durante años tuvo que tocar en hoteles y fiestas para sobrevivir. Alguien de la talla de Bebo. Imagino a más de un ejecutivo borracho pidiéndole que tocara "la cucaracha" y a éste con su bondad infinita accediendo y acariciando el piano con sus enormes y finas manos. Al final fue el amor el que le ató a un país tan diferente a su Cuba natal. Fue un encuentro casual con Fernando Trueba el que le devolvió al primer escalafón musical gracias a discos inolvidables, películas y documentales.

A Bebo le debo muchos momentos de alegría, pero sobre todo le debo el que participara en la grabación de "Lágrimas negras", el que pariera junto a el Cigala un disco que me ha hecho derramar lágrimas como ninguno otro; un disco que me empujó a crear a mi hijo Oliver, que me trae recuerdos de mi hermano Juanito, que me encoge el alma...

Gracias Bebo, gracias por existir.


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