Tras desembalar y recoger todo el equipaje del período estival, el terror se apoderó de mí al comprobar que habíamos dejado olvidado el cargador del Ipad en la casa de la playa y comencé a despotricar y lamentarme de mi perra suerte (un cúmulo de pequeñas desgracias tecnológicas sufridas durante las vacaciones me llevaron a este estado). Mi familia me miraba entre atribulada y divertida ya que reconozco que me pongo muy cómico en estas circunstancias. Tras un largo período de enfurruñamiento, las aguas fueron volviendo a su cauce y traté de relajarme viendo un rato la TV junto a mi mujer. Como no teníamos más intención que preparar el sueño reponedor, nos decantamos por el gran debate de Tele 5, presentado por Jordi González. Entrevistaba al actor de TV Eduardo Gómez, pero no por un asunto relacionado con alguna serie televisiva ni nada parecido. Eduardo conoció hace 10 años a Alfonso, un muchacho al cuál le detectaron un cáncer a los 11 años y desde entonces hasta ahora que tiene 23, lucha denodadamente por sobrevivir en unas condiciones muy precarias. A continuación presentaron al bueno de Alfonso y a sus padres. Encomiable la fuerza y el optimismo que desprendía toda la familia ante un drama de tamaña envergadura que no se detenía en la salud de Alfonso. Mónica, su hermana, padecía una parálisis cerebral que la mantenía postrada en una silla de ruedas en un estado vegetativo. La razón más importante a la que se aferraba Alfonso para seguir luchando era poder ayudar a su hermana y de este modo aliviar en lo posible la carga de sus padres. Sin palabras. Sin aliento. Mi garganta se quedaba seca mientras mis ojos trataban de vislumbrar algo entre tanta lágrima. Jordi González le preguntó a Alfonso cómo se encontraba. Éste, visiblemente cansado y amarrado a una máquina de oxígeno que trataba de insuflarle bocanadas de aire minadas por una neumonía agarrada en urgencias, le espetó con un lacónico bien. Qué remedio. Jordi González espetó: "y pensar que hay gente que sufre porque ha perdido el cargador del móvil..." Me quedé paralizado. Nunca antes recibí una lección tan fulminante y como San Agustín, caí de mi caballo y la vergüenza no me permitía incorporarme. Era un vil gusano presa de mi propio egoísmo. El resto de la entrevista fue un canto al amor incondicional, a la lucha del hombre por sobrevivir movido por sentimientos puros.Esa noche tan solo el cansancio me venció. Me desperté con una actitud más positiva, tratando de relativizar los mil estúpidos problemas que lastran nuestra feliz existencia. Miré a mis hijos todavía dormidos y me sentí el hombre más afortunado del mundo.
El día fue transcurriendo sin sobresaltos, con ganas de disfrutar cada minuto como si fuera el último. Me fui con mis retoños a realizar unas compras de última hora en un centro comercial cercano y fue mientras regresábamos a casa que mi hijo Oliver sacó el maldito cargador del Ipad de debajo de la silla de su hermano. No esconderé que me produjo una honda alegría aunque traté de no mostrarme muy eufórico. Le pregunté si había sido él quien lo había dejado allí negándolo con vehemencia. Una vez en casa, mi mujer juró por todos los santos que ella no había tocado el cargador pero nos miramos a los ojos y ambos sentimos que algo especial había sucedido. Si no fuera porque ya ha pasado un día, juraría que antes de entrar en el coche vi una sombra merodearlo. Pienso en el rostro noble de Alfonso y me da una punzada en el pecho. Creer, no creo en meigas...
No hay comentarios:
Publicar un comentario