sábado, 20 de abril de 2013

VIDAS PARALELAS

Me despierto con la noticia de la detención en Watertown, junto a Boston, del único responsable que quedaba vivo de la matanza del maratón de la ciudad de Massachussets. Un chaval de 19 años de nombre impronunciable y origen checheno. Leyendo la crónica del suceso, parece que me sumerjo en una de esas superproducciones de Hollywood que tanta grima me producen. 7000 policías cercando a un muchacho asustado y malherido, decenas de helicópteros sobrevolando el área, ciudadanos anónimos jugando a justicieros, perros policías rastreando cada rincón de una población que hasta ahora vivía feliz escondida a los ojos del mundo y ahora formará parte de recorridos turísticos y morbosas tertulias.
Por un momento trato de ponerme en el pellejo del presunto asesino y lo imagino como un conejo asustado, preguntándose a cada momento cómo pudo dejarse convencer por su hermano para detonar esas ollas de muerte y destrucción. Él que era la esperanza de la familia, un ejemplo perfecto de integración en la gran sociedad americana que ahora se veía acorralado por una horda de furibundos defensores del sistema social más perfecto que se conoce: los Estados Unidos de América. Pocas horas antes, su hermano caía abatido por los disparos del John Wayne de turno que no contento con la captura de la pieza grande, todavía andaba sediento de sangre y se conjura para dar caza a la pieza que falta: "Todavía no lo hemos capturado, pero lo haremos..." El país más poderoso de la Tierra estaba herido en su orgullo y era una cuestión prioritaria. Vivo o muerto. Pero había que exhibir a la pieza y mostrarle al mundo qué le ocurriría al incauto que osara molestar a la fiera. Goliath contra David. La historia no puede repetirse. Ya tuvimos un Vietnam. Nunca más...
El atentado de la maratón de Boston me produjo una catarsis de reacciones. Desde la perplejidad inicial por los datos confusos que iban llegando a las ediciones digitales de los periódicos, pasando por la tristeza que produce la muerte de personas inocentes que estaban en el lugar equivocado movidos por una loable causa: saberse capaces de correr durante 42 kilómetros y 195 metros, desafiar sus límites y disfrutar. La confirmación del fallecimiento de un niño de 8 años junto a la línea de meta que esperaba alborozado la llegada de su papá, me llevó a una profunda indignación. Soy padre y deportista. Mezcla adecuada para sentirme especialmente sensibilizado con una barbarie que no es sino un sinsentido macabro producido por mentes abyectas con fines despreciables.
Pero ese día no fue la matanza de Boston la que me creó más estupor. Tratando de recopilar la mayor información posible, me topé de bruces con la foto que adorna este post y de repente todo se detuvo. La cabeza me ardía pero mis manos estaban extrañamente frías. El conflicto de Siria es una de esas noticias habituales en todos los informativos que vienen a ocupar un par de minutos justo a mitad de emisión del noticiero y que no nos da ni frío ni calor (me incluyo en este detestable grupo, lo reconozco). 42 muertos por un coche bomba junto a un mercado en Damasco; decenas de cuerpos mutilados se agolpan en las ruinas de un hospital alcanzado por un misil de las milicias rebeldes; 15 muertos de una misma familia atacados mientras asisitían al entierro de una niña de 6 años alcanzada por las balas de un francotirador... Noticias que nos llegan con la misma intensidad que la subida de precios de los carburantes en España, o las abundantes lluvias invernales que amenazan con desbordamientos de ríos masivos. Pero esta foto es la viva estampa de la sinrazón humana, de la desesperación, de la desolación.  Un padre sujeta entre sus brazos el cadáver de su hijo abatido por los disparos indiscriminados de una idea revolucionaria o contrarevolucionaria. Qué más da. Todo se acabó para una vida de no más de 8 años, como Martin Richard, el pobre niño que falleció mientras esperaba la llegada de su padre a la meta de la maratón. Del niño de la foto no sabemos su nombre ni probablemente lo sabremos nunca. Tanto da. Ahora yace en los brazos de su padre que no parecía estar disputando ninguna carrera. Quizás corría. Quizás trataba de proteger a su hijo indefenso sorteando los tiroteos procedentes del ansia de poder, del odio visceral. Seguramente soñaba con que un día podría escaparse de su país asediado por los más bajos instintos y llevar a su hijo a un lugar seguro. Estados Unidos es un buen lugar. La tierra de las oportunidades. El adalid de la democracia y los Derechos Humanos. El país de la libertad. Allí podría encontrar un trabajo y le daría a su hijo una educación libre, donde importara poco el credo que tuviera. Sí, estaba convencido. Si salía de ese laberinto de balas y bombas, cogería a su hijo y sus escasas pertenencias e iniciaría una nueva vida en América. Boston podría ser un buen lugar para comenzar. La conoce por su famosa maratón. Su afición al atletismo truncada por lo arriesgado que es salir a entrenar por los parques de Damasco, le hizo un día soñar con correr esta carrera. Y su hijo le estaría esperando en la meta ondeando una bandera yankee. Una bandera de libertad. Hoy ese sueño se ha truncado. Como los de Martin Richard. La bala y la metralla que cercenaron esos sueños provenían de la misma mano criminal. Pequeños matices separan las dos muertes. Martin será enterrado en una preciosa colina y cada año irán ciudadanos anónimos a rendirle sentido homenaje portando velas, poemas y flores. Posiblemente su nombre figure en la titularidad de alguna escuela infantil o de alguna preciosa calle de su ciudad. El niño de la foto del cuál nunca sabremos su nombre, acabará en alguna fosa común donde yacen miles de sueños truncados por la misma mano que sembró la muerte y la destrucción en Boston.

En memoria de esos sueños inocentes...



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