domingo, 9 de noviembre de 2014

PUÑOS ROTOS

Mi primer héroe deportivo no fue Angel Nieto, ni Severiano Ballesteros, ni tan siquiera Manolo Orantes, algunos de los escasos deportistas españoles que en los años 70 se asomaban al panorama internacional. Mi primer ídolo deportivo fue Perico Fernández. Tenía yo seis años por aquel entonces pero el nombre del boxeador maño ya barruntaba por mi cabeza,fruto de sus dos títulos europeos y su flamante título mundial logrado en Roma en 1974 frente al japonés Furuyama. Eran años de herrumbrosa incertidumbre, de melenas masculinas y mujeres fumadoras. De progreso lastrado por la caspa acumulada en cuarenta años de hacinamiento intelectual. Años de búsqueda de un rumbo perdido sin capitán a bordo. Años de estrecheces. La figura de Perico Fernández venía a llenar el cubo de esperanza de miles de españoles provenientes de la escasez y la ignorancia, y Perico Fernández era eso: escasez e ignorancia. Solo que soltaba unas hostias como panes. De sus puños manaba rabia. Rabia contra las coces que la vida le daba una y otra vez, sin compasión alguna.

El primer combate que recuerdo de Perico fue el de la derrota en su defensa del título mundial frente a Muangsurin, un tailandés fibroso y rápido como su puta madre que supo bailar al campeón de los desvalidos y noquearle con un primoroso golpe de suerte. Vi el combate en Benidorm, en el restaurante Los Manolos, en compañía de mis padres y de mi hermano Víctor, que con sus tiernos tres años se mostraba ajeno a la algarabía que se vivía en aquellos tiempos tan rancios, donde la imagen iracunda de un zagal enjuto y tartamudo dando mamporros a diestro y siniestro, lograba un efecto catalizador en una sociedad angustiada.

Y en aquel fatídico séptimo asalto, esa ilusión contenida, esa furia contra lo establecido, se desvaneció. Y recuerdo que yo lloraba y mi padre reía ante mi infantil reacción. Quizás ese fue uno de los pocos recuerdos agradables que tengo de él. Quizás me cogió el mentón con su mano poderosa, secó mis lágrimas y me dio un beso. Quizás es lo que mi mente quisiera recordar. Quizás.

El resto de la historia es la historia de tantos y tantos púgiles convertidos en muñecos rotos por la fuerza del egoísmo humano que no conoce compasión alguna. Sueños desvanecidos a golpes crueles que son tan difíciles de esquivar.

Hoy Perico, con 62 años que le pesan como mil, malvive de la caridad que le ofrecen quien como yo todavía lo recuerda como ese campeón vivaracho y lenguaraz que no se detenía ante nada, con esa frescura que da la ignorancia bruta, más peligrosa que sus puños.

 Pese a tener el cerebro como un queso gruyere por los golpes recibidos a uno y  otro lado de la lona, Perico disfruta de la pintura, lo único que consigue alejarle del pozo en el que malvive. Curiosa paradoja la de alguien que inventa realidades para alejarse de la suya.

Y entre cuartuchos infectos de puticlubs de tercera y coches desvencijados que le dan cobijo en las frías noches zaragozanas, Perico saca pecho cuando algún aficionado agradecido le grita: Perico, campeón...


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