La primera vez que me topé con Serafina yo tendría cuatro o cinco años y mi padre solía ir los Domingos a Casa Lac a comprar ensaladilla rusa y agujas de ternera siendo de obligada parada el puestecillo de Serafina donde hacía acopio del consabido paquete de Rex. Recuerdo su ya por entonces rostro cuarteado por las inclemencias del tiempo y de la vida, su aspecto de bruja mala de cuento y su eterna colilla en los labios. Yo me escondía timorato tras la americana de mi papi mientras éste guardaba su tesoro en la mariconera.
Volví a cruzarme en mi niñez y juventud varias veces con Serafina, siempre impertérrita en su garita, poco amiga de sonrisas con los labios a punto de salir abrasados por la apurada colilla... Entonces el Tubo era una válvula de escape de una ciudad gris incrustada en su propia mediocridad, el callejón trasero de una orbe mojigata y aletargada en costumbres ancestrales donde el pecado sólo asomaba en tugurios prohibidos frecuentados por las fuerzas vivas y perderse por sus callejuelas estrechas y bulliciosas era trasladarse a un provinciano Las Vegas.
Le gustaba a mi tío Juan Carlos acercarse los sábados de buena mañana a darse lustre a los zapatos en cualquiera de los salones de limpiabotas que por entonces surcaban el Tubo siendo éstos y los barberos los voceros oficiales de la vida zaragozana. Todavía recuerdo con regocijo el hilarante diálogo mantenido entre Angel, el limpia y un cliente habitual en el que discutían acerca de si el caracol era carne o pescado, y mi tío, recién salido de la prestigiosa Universidad de Burgos, al ser requerido por una respuesta soltó aquello de gasterópodo cayendo la rimbombante palabra como una bomba en medio del salón y del incómodo silencio se pasó al "ya te dije Jacinto que pescado no era, coño".
Del vinito en el Dalmaú, a la estilográfica en Martínez. De las ancas de rana en el Texas al cocido del Gastrónomo. Conseguir el último modelo de zapatillas Paredes en Calzados Franco, perder 100 pesetas con el trilero de turno y no te pongas tonto que te fostio, atosigar al batería de la orquesta del Plata, comprarle un décimo de la suerte, perra suerte, al revendedor del Rosario o tomarse unos calamares y cañita con limón en Los Amigos. De todo eso ha sido testigo Serafina al igual que un buen número de zaragozanos para los que el Tubo es como ese tío entrañable que nos cuenta viejas historietas sobadas en la comida de Navidad pero de las que nunca nos cansamos y hoy todo eso ya no existe más que en la memoria de unos cuantos que nos agarramos a la nostalgia para no vernos ahogados en el pozo de la globalización porque ahora, cuando visito el Tubo con mi mujer le cuento y no paro una y mil historias paridas entre estas cuatro callejuelas y ella apenas puede creerlas porque lo que ve ahora no difiere mucho de lo que vemos en cualquier otra zona vieja de capital de provincia donde las franquicias de Gambrinus, Montaditos, Starbucks y demás tascas prêt à porter han deborado a los Patxi, Limpia o el Alegría, y además ahora nos quedamos sin Serafina...
Descanse en paz Serafina y el Tubo y a ver si nos dejan descansar en paz a los que una vez no quisimos parar, a los culos de mal asiento que buscaban refugio en tugurios de mala muerte donde fumar no era pecado y beber una deliciosa obligación.

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