martes, 4 de noviembre de 2014

FRÍO

Añoro el frío. Dice mi aplicación de Yahoo Weather, que a partir del próximo fin de semana llegará el invierno y eso me sana las heridas. A veces sueño con ser un habitante de Fargo, ese pueblo imaginario creado por las mentes calenturientas de los hermanos Cohen donde el páramo seco y nevado, huele a muerte por debajo. O un miembro de la comunidad de Sicily, en Alaska donde el doctor Joel Fleischman curaba catarros y maceraba su espíritu entre tanta gente rebotada del mundo habitual.

Ayer fue el primer día otoñal del año. Nubes, rachas de viento, un par de chaparrones de esos que te calan para luego sofocar el cuerpo. Un día de los que me gustan. Gris y plomizo. Si además le añadimos que por la mañana salí a correr y volví a las marcas a las que estaba habituado no hace tanto, podemos decir que no fue malo el día del todo.

Afortunadamente tengo la costumbre de salir a correr a las 6.30 de la mañana, con lo que ahora que disfruto todo el recorrido prácticamente en penumbras, no me cruzo más que con algún vejete que se siente rechazado hasta en su propia casa, y disfruto de esa soledad que tanto añoro. Lo digo porque ahora correr está de moda, y raro es el momento del día en el que no me cruzo con hordas de advenedizos enfundados en mallas de lycra corriendo como alma que lleva el diablo. Juro por mis zapatillas Asics que yo llevo siguiendo esta moda tan cool la friolera de veintiséis años sin haber dejado uno solo de ellos de correr al menos 500 kilómetros. ¿Y a quién le importan las modas? A aquellos que no tienen una base definida. Por eso adoro los dandys. Porque no entienden de tendencias ni de in o out. Son ellos mismos, sin importarles lo que piensen los demás. Y eso les da confianza y seguridad. Porque un dandy tiene que estar muy seguro de sí mismo. Si no corre el riesgo de parecer un payaso.

Las cosas que tiene el madrugar en exceso. La sangre tarda un poco en regar el cerebro y comienzas escribiendo del tiempo y acabas hablando de estilismo. No hay que darle mucha importancia. El chico es así.

Y volviendo a mi sana afición del running. Mira que me da por pensar en cuántos kilómetros llevaré acumulados durante toda mi vida. Contando que los primeros diez años no fallé prácticamente ninguno de los cinco días preceptivos a la semana, y contando que por aquel entonces corría unos siete kilómetros por jornada, eso da la friolera de unos 1750 kilómetros anuales, y aunque sea de letras me da para saber que en diez años me zampé 17500 kilómetros. Los siguientes quince años aumenté mi cadencia hasta los nueve kilómetros diarios pues leí en alguna parte que para que un esfuerzo prolongado y anaeróbico surtiera efecto en el organismo, debía durar al menos 45 minutos. Dicho y hecho con el aumento de distancia. Eso sí, la pereza hizo mella en mí y en estos años habré corrido una media de cien días al año. La cuenta es fácil, dijo la calculadora del móvil. Otros 13500 kilómetros que añadir a la mochila. Sí, en mi vida habré recorrido hasta hoy algo más de treinta mil kilómetros, lo que dicho así acojona bastante. Es como dar dos veces y media la vuelta a nuestro planeta. Pero luego no es tanto. Se lo aseguro.

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