domingo, 9 de noviembre de 2014

GASOLINERA SOLEDAD

Debido a mi actividad profesional, soy uno de esos habituales de las carreteras nacionales, y como es natural, un asiduo de sus gasolineras, ese microcosmos por el cual me he sentido atraído desde que era un niño. Y desde entonces han cambiado mucho. Recuerdo todavía a los antiguos empleados con su gorro de plato y su mariconera en la cintura donde guardaban los billetes que iban acumulando a lo largo del día, sin miedo a ser asaltado por alguna horda de albanokosovares, ya que ni sabían que existiera semejante palabra. En la mayoría de ellas tan solo podías comprar combustible y en las más modernas, podías hacerte con algún paquete de cigarrillos o una bolsa de caramelos mentolados. Los más espabilados trataban de hacer su agosto vendiéndote un saco de naranjas o dulces propios de la tierra, con el fin de engordar las exiguas cuentas de resultados que proporcionaban los escasos vehículos que transitaban por esas carreteras de Dios.

Junto a esas gasolineras, comenzaron a instalarse restaurantes, fondas y tugurios dispuestos a dar de comer y cobijo a esos viajeros anónimos que poblaron nuestra geografía de vidas solitarias y sufridas, ansiosas de un buen plato caliente, un rato de conversación y algún que otro polvo malogrado entre sábanas raídas por la soledad. La figura del viajante ha sido una constante en una sociedad acostumbrada a buscarse la vida con pocos medios, algo de ambición y mucho de miseria pisándole los talones. Héroes anónimos que con su Seat 1430 cruzaban el país en busca de los cuartos que tanta falta hacían en una casa acostumbrada a las ausencias.

Y al otro lado de la barra surge otra especie como contrapunto a esa manada de vendedores. Los trabajadores de esos establecimientos que con los años se convierten en hogares de los despechados, de los parias de las carreteras. Camareros, cocineros, limpiadoras, cajeros. Hombros donde buscar consuelo y descanso que a horas inoportunas dan lo que van demandando. Rostros amables con el sombrío matiz de la rutina que fingen frescura entre las arrugas de la desesperación. 

Un cortado y un pincho de tortilla. ¿Los servicios, por favor? Llevo tres días sin afeitarme. La leche caliente. ¿Me das cambio para la cabina? Tengo que llamar a Luisito, mi niño. Es su cumpleaños. ¿Quieres ver una foto suya? Es muy guapo. Igualito a su madre. ¿Cuándo sales? Se me está haciendo muy tarde para llegar a Peñalba y estaba pensando quedarme a dormir. Si quieres luego te invito a un cubalibre... Y los ojos cansados y carentes de vida de Lucía no dejan de mirar a ese perdedor, que como ella solo suplica un par de horas de compañía. Pero no tiene fuerzas. Ni ganas. 

Historias de ida y vuelta que solo cobran sentido en esos bares de carretera donde la desesperación huele a rancio, donde las existencias han olvidado algún motivo para seguir vivas mientras un amanecer sucederá a un atardecer, y un viajero traerá otro, con distintas historias y con la misma vida.


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