La toqué, la olí, la sentí muy dentro para serme arrebatada con fiereza y sin miramientos.
Me siento vacío y cansado. Me pesan los ojos y tan solo el deslizar de los dedos por el teclado me recuerdan vagamente que estoy vivo. Ahora viene la imagen fresca de mis hijos y el marcador de energía sube. Parece que es suficiente. Mis hijos. Sin ellos la caída sería eterna e irremediable. Recurro a vosotros pese a que me busquéis con la mirada ansiosa demandando seguridad y tranquilidad. Qué jodida paradoja...Pase lo que pase, el nexo de amor que nos une me mantendrá a flote. Os lo prometo.
No todo va a ser negatividad. Recupero sensaciones mientras corro una media de 3 o 4 veces a la semana. Los dolores han remitido casi por completo. Siempre asoma algún pequeño latigazo que me estremece al traer recuerdos de los sufrimientos pasados, pero los tiempos mejoran semana a semana y me siento físicamente más fuerte. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi mente. Me he abandonado a la perra suerte y no sigo la dieta que debería. Veremos qué ocurre en los próximos días pero pintan bastos...
Pasan las horas, los minutos, los segundos, y van lapidando mi moral. La imagen del teléfono apagado perdura en mi mente sin variación alguna. A veces siento dolor.
Tengo tantas preguntas sin respuesta, tanta ira acumulada que no sé cómo canalizarla... No puedo creer que un concepto tan vano como la mala suerte haya calado tan hondo en mí.
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