Si en algo han cambiado las noches es que ahora descanso. Hoy me he despertado a las 6 de la mañana y hasta dentro de un par de horas en las que se despertará mi hijo pequeño, trataré de aprovechar el tiempo aporreando el teclado aunque no es un día en el que me sienta especialmente inspirado. Adoro el silencio, mejor dicho, mi silencio, aquel que se ve alterado tan solo por el repiqueteo de las teclas del ordenador y la música de fondo de Al Cohn atacando "Chasin the Blues".
Ayer fue mi día de los excesos gastronómicos y aunque no bebí Coca-Cola, me apreté dos copas de vino o tres, un sorbete de limón y cava y un gin tonic. Además cené un cuarto de tortilla de patata si bien no la acompañé de pan pero cierto es que todavía me dura un leve cosquilleo en el estómago que más parece una señal de alarma ante tanto dispendio que me di ayer. Espero hoy compensarlo con una dieta frugal basada en algo de pollo asado y abundancia de fruta fresca.
Asisto estupefacto al bochornoso espectáculo que nos brinda estos días nuestro gobierno con su reparto indiscriminado de prebendas a sus miembros con sobres repletos de dinero de dudosa procedencia. Como no podía ser de otro modo, niegan con encono y altanería, como si aquello fuera deshonroso para casta de tan alta alcurnia y sabemos los sufridos ciudadanos que ahí quedara eso. Considero que en cualquier país con un mínimo de decoro y dignidad, su presidente ya hubiera dimitido pero estamos en España, la tierra donde el tramposo es el rey. La charla sobre el tema con mi mujer giró en torno a la posibilidad de acabar viviendo en el extranjero y ahora es otra meta que me marco en mi vida aunque en este caso esta meta está prefijada para mis hijos que no quiero que se críen en un estado de chorizos y crápulas donde no hay bases morales ni conceptos básicos como igualdad o transparencia económica. Lo que realmente ocurre es que a mí no me gusta España. Nunca me ha gustado y siempre me he considerado la reencarnación errante de algún noble inglés que tuvo la desgracia de caer en estas tierras moras. Noto que pese a que mi reacción de cambiar de país viene motivada por mi indignación hacia la clase política y económica que rige nuestros designios, cada vez que me imagino viviendo fuera de España siento una tibia sensación que me relaja... Londres, San Francisco, Vancouver, Melbourne o New York serían mis sitios preferidos a la hora de echar raíces y que mis hijos pudieran desarrollarse en plenitud, pero de momento es tan solo un sueño.

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