Un mes después más o menos de la creación de este blog, sucedió lo que tantas otras veces. Todas las buenas intenciones de adelgazar, vida sana y disciplina originadas en aquel lejano día, se diluyeron apenas 24 horas después y los miedos y frustraciones que no me dejan dormir desde hace tanto que apenas podría recordarlo, volvieron a tener consuelo en ingentes cantidades de macarrones y litros y litros de Coca-Cola Light. Pero la semana pasada tuvo lugar un suceso que cambió mi vida. La noche del miércoles al jueves sufrí unos terribles dolores estomacales que acabaron por llevarme a urgencias donde me aplicaron una medicina intravenosa y dictaminaron que había sufrido un corte de digestión. Aprovecharon para hacerme una analítica completa y allí fue donde advertí con estupor que mis índices de glucosa comenzaban a lindar los límites de lo permitido y dado que mi dilecto padre es un diabético empedernido, me acochiné en tablas y desde ese mismo instante decidí cambiar mis hábitos alimenticios que dicho sea de paso, eran radicalmente opuestos a los cánones establecidos por los garantes de la salud. Sin ingerir alimento alguno a primera hora de la mañana, apenas un par de cafés aplacaban mis iras estomacales con lo que al llegar a casa sin apenas tiempo para acomodarme, ya estaba dando cuenta de un bocadillo de embutido mientras me preparaba el almuerzo el cuál, las más de las veces se componía de un copioso plato de pasta con sus aderezos correspondientes, todo ello bien regado por un litro de Coca-Cola Light. No volvía a probar bocado hasta que sobre las 10 de la noche y muerto de hambre, me preparaba cenas de alto valor hipocalórico, del tipo de grasientos bocadillos envueltos en salsas sospechosas. Eso cuando no repetía la dieta italiana de pasta a tutiplén. Era el resto de la macrobotella del refresco del mediodía la que me ayudaba a digerir tan indigesto banquete. Como de ese modo mi insaciable apetito no quedaba satisfecho, las más de las veces devoraba de postre media barra de pan y alguna onza de chocolate con lo que me iba a la cama completamente abotargado y en plena digestión.

Desde hace justo una semana he eliminado las bebidas carbónicas de mi dieta por completo, así como el pan. La ingesta de pasta la he reducido a una ración a la semana. He sustituido el arroz normal por la variedad salvaje y apenas pruebo la carne roja. Desayuno todas las mañanas con una rebanada de pan integral con aceite de oliva crudo, un par de piezas de fruta y una vaso de leche fresca desnatada. Tomo cinco comidas ligeras al día y doy buena cuenta de verduras y productos con fibra. Todo este cambio me ha traído unas consecuencias que ahora paso a enumerar:
- He perdido un par de kilos y eso que no he podido hacer ejercicio hasta ahora.
- Duermo. Hasta ahora las noches eran insomnes y molestas. Ahora me despierto descansado.
- No paso hambre en absoluto. Es raro que deje de ingerir algo en un lapso superior a las dos horas y media. Eso sí, escojo detenidamente lo que me conviene o lo que no tomando en cuenta el valor glucémico de los alimentos.
- Estoy de mejor humor, incluso pienso con más nitidez y ya no me arrugo ante los problemas que me acucian.
- Mantengo mejor relación con mi mujer y mis hijos.
Como veis todas las consecuencias son positivas y pese a que hace cuatro días volví a sufrir un ataque como el referido al inicio de esta entrada, lo que me ayudó a descubrir que de lo que sufro es de cálculos en la vesícula, mi intención es mantener este tipo de vida saludable hasta los restos. He llegado a una edad en la que veo que me quedan muchos retos por cubrir y mucha vida por vivir pero que si no cuido mi maquinaria, voy a padecer una vejez llena de achaques y penalidades y no me da la gana. Por lo tanto espero reflejar en este blog las andanzas que me lleven a un estado físico y psíquico armónico.
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