Sin darme cuenta me estoy haciendo experto en este tipo de situaciones y no es algo de lo que me sienta orgulloso. Una vez más, me veo en un callejón sin salida acorralado por una manada de lobos y para colmo, el fusil que portaba se ha quedado sin balas. De tanto que se repite esta desgracia, he llegado a elaborar varias tesis resolutas. Las más de las veces, cuando la situación llega a ser irrespirable, surge una solución de emergencia como caída del cielo y tomo una bocanada de aire hasta la próxima vez que vuelva a encontrarme en el mismo lugar con la misma angustia. Otras veces doy palos de ciego y recurro a mi ángel de la guarda, ese que vive en Getafe. El problema de hoy es que miro a los ojos a los lobos que me acechan y me siento cansado, sin ganas de luchar. Pienso en mis hijos y las fuerzas vuelven. Veremos qué nos depara el día...

Ayer recuperé la senda de la dieta equilibrada y al menos mi cuerpo lo mantengo en los límites de bienestar más aconsejable. Beber agua me ayuda a ver las cosas más claras.
No quiero ver a Bea triste. Se me encoge el alma y siento una impotencia estremecedora. No dispongo de las mejores armas para luchar pero me enfrentaré a esta manada con el último aliento que me queda.
Para colmo de males, mi querido vecino de arriba no me ha dejado dormir. Es un pequeño cabrón de un año al que empiezo a cogerle un poco de manía.
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