Vuelvo al circuito de toboganes y me mareo. Otra noche de domingo en la que apenas he podido dormir cuatro horas. Pienso en mis hijos y una punzada me deja rígido. Los amo tanto que duele, como a Bea, y temo fallarles. A ellos no, por favor.
El fin de semana ha estado lleno de despropósitos gastronómicos. Menos mal que anoche no cené y pude purgar un poco los excesos de antaño. La cabeza es lo único que no me puede fallar. Si es así, estoy perdido.
El maldito chino sigue jodiéndome la vida en la distancia y yo no puedo por menos que soñar que un día le rocío con un bidón de gasolina en medio de la plaza Castilla y le inmolo mientras mi espíritu se calma. Debo emplear todas las artimañas a mi alcance pero estoy cansado, harto de no conseguir desmadejar el embrollo constante que es mi vida. A las 11 otra llamada comprometida, y seguimos...
Me reconforta despertarme de madrugada y arropar a Aidan. Es una de las pocas veces en que me puedo sentir útil. Amo a mis hijos por encima de todas las cosas y dar la vida no sería suficiente para demostrar lo que siento hacia ellos.
Cada vez amanece más temprano y el período de angustia se alarga. No me gustaría vivir en una noche sempiterna pero tanta claridad a las siete de la mañana invita al pesimismo. Me siento desnudo y avergonzado. ¿Cuándo me va a tocar descansar?
Va pasando fría la mañana y los negros nubarrones no se disipan aunque de momento no amenaza a gran tormenta. He soltado el timón y prefiero que el barco siga su destino.
Contra todo pronóstico, las conversaciones con los dos chinos han sido provechosas y, sobre todo, esperanzadoras. Son gente extraña pero respiran, comen y cagan como cualquiera de nosotros y en algo tenemos que parecernos. Me gusta mi perfil negociador aunque a veces peque de blando.
Voy capeando el lunes con más pena que gloria y acompañado de un terrible dolor de cabeza pero es que realmente ahora estoy al filo de todo o nada y la presión la noto. Desconozco los términos en los que se va a dilucidar este combate pero presiento sangre...
Mientras tanto, mis trabas mentales y un frío polar siguen minimizando mi actividad deportiva lo que hace que me cueste una eternidad perder peso. Si lograra salir a correr cuatro veces por semana ya me quedaría poco para lograr la ansiada meta de los 84 kg. Tremenda paradoja... Siento que mi cuerpo por dentro se va purificando pero mis músculos se vuelven laxos. Nunca puedo lograr un pleno. Es mi sino...

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